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Ideas apartidistas

lunes 10 de julio de 2017, 18:57h
Después de 47 años de mayorías partidistas, los apartidistas son quizás por primera vez la mayoría de nuestra población y el sistema de partidos es ahora la minoría en R.D. y además están en crisis, divididos, viven de la confrontación, no del acuerdo, y donde pisan no crece la yerba: nace un nuevo discurso, el de las comunidades, sin delegación. Grave incongruencia: la economía dominicana, de hecho, está privatizada: el 85% del mercado es privado, con tendencia a crecer. No obstante, el sistema político es un monopolio de los partidos, sin comunidades, sin ciudadanos. Bajo un intenso bombardeo en los medios, en R.D., casi siempre se hace politiquería desde la madrugada hasta la noche, a diferencia de los países ricos, donde las soluciones institucionales son norma, existen los Tres Poderes independientes del Estado, se habla muy poco de política y nadie se aventura a pronosticar sobre los panes y los peces.

La política, hasta hoy obra de intelectuales y sobre todo creación social colectiva, es en R.D. una rama lucrativa de partidos monopólicos. En estos 47 años, la mayoría de las dos últimas generaciones, jóvenes y adultas del país, no se involucraron en política partidaria, cuando tenían veinte años o algo más. Por el contrario, delegaron en otros, se hicieron empresarios o se ocuparon de otras labores de clase media, con éxito, y crearon un país nuevo: el país actual, y por razones de mucha honestidad y laboriosidad comprenden ahora que cedieron su espacio político a personas improvisadas, surgidas en el sistema de partidos.

Y con toda esa fabulosa experiencia que significó haber creado sus propias empresas o proyectos, en base a esfuerzo propio, mayoría ciudadana se pregunta hoy, ahora, si no es el momento preciso para revaluarse: y forma las marchas verdes. Comprende por primera vez, que en R. D., la desarticulación entre lo económico y lo social, entre lo nacional y el Estado, tuvo como contraparte un hiper desarrollo del espacio político, monopólico, que lo perjudica ahora como ciudadano. Que el mejor de los mundos dominicanos es ahora el de un activo apartidismo. Así lo perciben las comunidades, las mayorías de los ciudadanos de nuestras ciudades.

La mayoría de la población, como lo demuestran las marchas verdes, es apartidista, a pesar del bombardeo de los medios politiqueros y bocinas partidarias desde la madrugada hasta la noche. Siempre prefirió mil veces a Freddy Beras Goico, desde hace décadas, que al más destacado de los políticos del momento: la risa es también el deleite de las comunidades. Para ellas es una lata saber que vive en una moribunda sociedad de caudillos, basada en lo partidario, que era entonces el non plus ultra de lo institucional.

Todos los partidos y líderes políticos siempre se creyeron eternos bajo esa norma de razonamiento, y resultó que en el país, después de 47 años, no existen instituciones democráticas confiables, honradas, no hay separación de los tres Poderes del Estado, independientes, que reflejen una fuerza de buenas costumbres, un hábito ciudadano. A cada rato hay que hacer un alto para recordarlo, usando a la iglesia como árbitro.

De mil maneras se ha pedido una ley de Partidos, para que el Estado pueda separar sus tres Poderes, para que no exista incompatibilidad entre el trabajo y la política: para mantener familias unidas, escuelas eficientes, empresas honestas con reglas de juego claras, instituciones formales, paz ciudadana y una clase política inteligente. Tenemos 47 años hablando de lo mismo. Pero una clase política maleada, heredera de Trujillo, se niega y defiende su territorio a capa y espada.

Para este sistema político, consolidado en lo que se llama populismo, cada comunidad es apenas una ficha electoral, cada uno de sus actos es una estrofa de un poema aislado, que no ofrece un refugio contra la noche y el mal tiempo: son un maleado campamento al aire libre. Crónica de personajes y de bonanzas donde la vida se despliega más allá del optimismo y del pesimismo, indiferente a las querellas de los hombres y a los litigios sórdidos de la moral y sus significados. Ahí se lucha por el monopolio de la opinión pública. Son apenas decenas de miles y muy pocos los potables, de acuerdo al calificativo de 99.9% de corruptos, dado por nuestro original Presidente Hipólito Mejía, pero al igual que siempre, por turno, cada cuatro años, se rotan en su aquí y ahora y se frotan con la ñoña presidencial.

Es una empresa con su clientela y sus personajes, que está muy complacida con su monopolio político. Están convencidos de su fuerza, aunque a veces olvidan o ignoran que la historia es movimiento. Se aferran a lo conquistado sin comprender que somos ahora una metáfora de un tiempo de alta velocidad. Saben que estamos viviendo en una grave desmoralización política: que se debe cerrar el ciclo en que el Estado lo provee de funciones, condecoraciones, pensiones, indemnizaciones, exoneraciones y prebendas; botín de honores y de cargos ofrecidos a familiares o demandantes de gratitud. Saben que no hay forma de vivir con recato, sin la lucha por los cargos o los títulos honoríficos y que como eco siniestro de su mal ejemplo, reciben el sabotaje de los de abajo: maestros que producen sólo lo indispensable, estudiantes cada vez peores, obreros fabriles que no entienden más allá de su interés laboral, campesinos que aman cada vez menos la tierra, comerciantes especuladores, choferes que violan las rutas, viajes clandestinos en yolas, delincuencia creciente, droga incluida.

Arriba, un sistema de partidos que no planifica nuestro desarrollo en las provincias, que ha desprotegido al sector productivo,- al agro y a la industria -, que comprende muy poco su papel dirigente y que no aspira a comprender más allá de su gran pasión de ejercer el Poder.

Ahora, después de 47 años, un tiempo tecnológico de alta velocidad, lo ha cambiado todo: la edad ya no es el sillón junto al fuego, sino la noche a la intemperie. El apartidismo activo busca una mayoría consciente, una respuesta posible, por primera vez en nuestra vida democrática. Una corriente social apartidista se abre paso a través de las marchas verdes. Buscan como proyecto los modelos comunitarios locales exitosos a través de la lucha contra la corrupción y la impunidad. No desean delegar más en el sistema de partidos y terminarán actuando como el sacerdote canadiense Luis Quinn, en su famosa cooperativa Santa Cruz de Ocoa, donde todo el mundo bajó el lomo y resolvieron sus problemas cotidianos sin mediaciones innecesarias, sin partidismos clientelistas, sin partidocracia. Eso ya no funciona. Es bueno recordarlo: el sistema de partidos políticos está en crisis a nivel mundial, y no solo a nivel nacional, dominicano, de acuerdo a los tratadistas modernos de la alta política y de la alta gerencia.




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