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Dibujo de Fabienne Simon
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Dibujo de Fabienne Simon

Pesadilla

Por Rosalinda Alfau Ascuasiati
Inspirado en el cuento “El sueño violado” de la escritora Luisa Mercedes Levinson
Elsa Grau siempre deseó introducirse en el sueño de otro ser viviente. Le lució como la película ideal, en donde iba a encontrar alguna figura actuante con una existencia más atractiva que la suya. Porque así era, su vida le resultaba insulsa, poco llevadera. Sin ilusiones, sin aliciente, Elsa acostumbraba ir el cine a imaginar la realidad a su conveniencia. Se percibía en la piel de los actores con trayectorias placenteras, y si los intérpretes eran más desdichados que ella, se consolaba con su destino. Y es que cuando dormía, sus sueños, invariablemente, resultaban sombríos. En ellos, los personajes aparecían afligidos, desesperanzados, aterrados, débiles, privados de arrojo, a imagen y semejanza de ella.
Adentrarse en un sueño ajeno era una aventura fascinante, que Elsa iba a realizar algún día. Entre tanto, ella se conformaba con ir al cine. Así una de esas tardes, quiso volver a ver "El muelle de las brumas", la ficción de Marcel Carné, en la que los personajes, destrozados por la vida, reconfortaban su espíritu abatido. Sin embargo, el cine proyectó otro filme, el cual causó en ella una gran conmoción. En la representación, le atrajo el sueño interminable de los protagonistas. Se trataba de una mujer y de un hombre. Ella, que era bracera de día, vestía una bata raída y una pañoleta punteada de flores; dejaba sus zapatos de goma en el piso junto al lecho en donde se acostaba cuando llegaba en la noche. Él, estibador nocturno, llevaba un pantalón que cubría sus pies descalzos; en ese mismo lugar, ponía su cachucha vieja cuando ocupaba el camastro al llegar en la madrugada. Visiblemente cansados, apenas se recostaban, dormían profundamente hasta que el otro venía a reemplazarlo en el catre. El sueño era continuo. ¡No acababa nunca! Uno y otro protagonista lo prolongaban invariablemente; lo proseguían sin poder oponerse a él.
Ese sueño interminable subyugó a Elsa. La dejó absorta. Solo él, ocupó su mente. Desde ese momento, en la sala todo la excedió, en especial los vendedores de golosinas, que la miraban demasiado fijamente, y finalmente, ella abandonó el cine. Se fue al puerto a cavilar, a pasearse por el muelle. Unos nubarrones vaporosos flotaban en el aire y oscurecían el cielo; sin embargo, ella distinguió a través de ellos un individuo dormido cerca del agua ¿Qué podía estar soñando? se preguntó. Mientras se aproximaba al durmiente, uno de los nublos volátiles la arropó. Ella se ofuscó unos instantes, pero casi enseguida se regocijó.
No podía creer lo que le ocurría. Era maravilloso. Se encontraba dentro de la esfera onírica del durmiente, el cual le pareció alguien no del todo desconocido, pero no se detuvo a pensar en semejante pormenor tan poco importante en verdad, dada la aventura extraordinaria que vivía. Deambuló feliz en el espacio que volaba por el aire. ¡Qué amplio era! Todo le lucía tan divertido, tan fascinante, tan atractivo. Alguna figura interesante habría de encontrar dentro. Se entretuvo por mucho rato en una vana pesquisa, porque muy por el contrario a sus perspectivas, el área vaporosa se mantuvo cruelmente vacía; eso sí, cambió de dimensión, pero solo en un sentido. Se estrechó, se estrechó lentamente y, poco a poco, le tocó la piel. Sintió el contacto de las paredes contra su cuerpo. El área vacía tuvo entonces su propia forma. La presión progresó tanto que Elsa no pudo moverse más; quedó sin control.
Indagar en el sueño de otro, no resultó como Elsa Grau lo imaginó. Como desenchufada, no pudo debatirse. Se había convertido en simple figurante dentro del espacio onírico del individuo dormido, quien en ese momento, comenzó a moverse. El durmiente pronto despertaría, y entonces ¿qué pasaría con ella? Elsa comprendió que estaba condenada. También ella se esfumaría cuando acabara el sueño del individuo. Antes de que él abriera los ojos, ella debía escaparse del espacio onírico. Pero ¿cómo?, éste la ahogaba más y más. Dentro, regían leyes aleatorias que la dominaban, la paralizaban. La frustración la desgastaba. No podía ni gritar. Estaba espantada, aterrada.
En su desespero, Elsa Grau miraba al individuo una y otra vez. Su atención se agudizaba, y resaltaba un detalle que le daba la pauta de la identidad del propietario del sueño. El lecho en que dormía el sujeto, era aquel catre de la película, y su ocupante no era otro sino el estibador, que iba a despertarse en el ocaso, cuando la mujer viniera a extenderse en la litera. A Elsa se le abría un resquicio de esperanza. Visualizaba su salvación. El sueño en que se encontraba no iba a detenerse. Ella solo tenía que esperar pacientemente: primero el alba, luego la noche, luego el día... y así sucesivamente, hasta encontrar la manera de escapar del entorno opresivo. Antes de lograrlo, no imaginaba cuáles vicisitudes iba todavía a vivir, pero se prometía a sí misma, no hurgar nunca más en sueños ajenos, conformarse con los suyos, no trasgredir ningún otro.
En la mañana vino el hombre; desplazó a la bracera. Al anochecer, llegó ella y lo desposeyó del catre. Así continuamente... Imposible conocer la duración de aquello. En ese magma del sueño, un segundo o un siglo era lo mismo.
La manera diferente en que percibió la aventura onírica, serenó en algo el espíritu de Elsa, y en ella funcionó algún raciocinio. De manera, que en el espacio sobrenatural en que evolucionaba, discernió otros elementos conocidos: en tela de fondo aparecía el escenario marino y tenebroso de la ficción de Carné que tanto la conmovía; siempre actuaba aquel sueño infinito que adivinó subyacente en la película del estibador y de la bracera. ¿Y si ese hombre dormido no fuera más que ella misma? ¿Y si la mujer del relevo también fuera ella, y el sueño que ambos prolongaban, fuera solo el suyo, reflejo puro y simple de su propia vida, poco llevadera; un contexto que la sobrepasaba, la constreñía, la dominaba, que ella no admitía?
Su recelo insostenible de ver despertar al durmiente, se asemejaba extrañamente al suyo en la vida de todos los días, en que la opresión era igual a la que le infligía el sueño avasallador del durmiente. La aprensión de lo que advendría, si nadie venía a proseguir el sueño, le evocaba su propio amedrentamiento, su falta de coraje ante su futuro incierto. Esos eran sentimientos muy suyos, que prevalecían en el sueño horrible, perteneciente a otros, al de un hombre y de una mujer que lidiaban por un catre, por proseguir una vida que los dominaba y contra cuyas leyes no podían nada. Ahí mismo, en ese ámbito ilusorio, una forma compresora la poseía, la enclaustraba; no se trataba de cualquier recinto, sino uno con su misma forma. Por tanto le pertenecía, era el suyo y de nadie más, y sin embargo, ella no lo controlaba.
Entonces, Elsa Grau miró con otra pátina al individuo en la noche y a la mujer en el día. Contenían su sueño, su vida, la vida de Elsa Grau que amedrentada, pusilánime, se figuraba en un mundo de infelicidad y desesperanzas, igual que los personajes de "El Muelle de las Brumas". Era tan claro todo, como el agua cristalina. Ese sueño espantoso en que estaba inmersa, y que ella suponía ajeno, no era de nadie más sino de ella, uno propio, salido de su mismísima imaginación, fértil y exacerbada. Esa fantasía, cuál mandamás absoluto, la regía a su antojo; no solo como a un simple peón indefenso, sino como a uno inmovilizado en un jaque mate contundente.
“!Que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son!”, hacía tiempo ya lo había dicho Calderón de la Barca: ¿qué es una vida, sino un frenesí, una sombra, una ilusión, una ficción? Pero esta ficción era una pesadilla de la que Elsa quería extraerse de manera irreversible. Y si hasta entonces ella le encontró mejor gusto al sueño, ahora, después de esta excéntrica experiencia onírica, añoraba su vida con todo y su insostenible desazón.
Es de imaginar cuan bello fue su despertar, a pesar de aquellas miradas fijas sobre ella: Señorita despierte, el cine cierra —decían los vendedores de golosinas, con ojos aún más escrutadores que anteriormente. Ella casi los abrazó, y enseguida salió de la sala del cine a pasearse feliz por el barrio y las inmediaciones del río, dispuesta a no dejarse amilanar por nada, a amaestrar sus temores, a llevar las riendas de su vida.


París, noviembre 2012
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