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Cuento

'Gabriela'

"Gabriela"

domingo 18 de enero de 2015, 02:24h
Apenas acabé la universidad, solo sabía que quería escribir. Para ir en el sentido de lo que me proponía, necesitaba una máquina de escribir o más bien, otra, porque ya tenía una Olivetti mecánica, como todo el mundo, pero en aquel tiempo estaban a la moda las eléctricas con todas esas mejorías que las hacían tan atractivas.
En ese entonces, mis dos más íntimas amigas esperaban su primer bebé. Todavía estudiantes, vivían en una habitación pequeñísima en una residencia de estudiantes en dónde el espacio no sobraba. Para el advenimiento del recién nacido le hicieron sitio a la cuna. A mí me dio por pensar, que para mí, no sería diferente. Yo esperaba mi bebé también y Gabriela, mi máquina de escribir, fue nada más y nada menos, mi primeriza. Fue un bebé deseado, cuya llegada tuvo sus preparativos.
Mi habitación era un pañuelito, aún más pequeña que las de Zoraida y de Mirna, mis amigas, que vivían en pareja. Yo también, como ellas, preparé un rincón, el mejor, para la llegada de Gabriela. Ese nombre lo trajo, no se lo puse yo. "Gabriele" iba inscrito en su lindo armazón blanco, encima hacia la derecha, y naturalmente, Gabriela fue su nombre sin necesidad de bautizo con agua bendita.
La atracción es algo tan singular... Se mira un objeto y éste nos seduce, sabemos que nos está esperando, nos conquista como lo haría el rostro del ser más atractivo, o como en mi caso, el del bebé que esperamos. Así pues desde que la percibí, me conquistó, supe que era ella, no otra y la compré. Me perdonarán mis amigas al compararla con sus bebitos que llevaron en su seno nueve meses, pero yo me olvidé de haber obtenido a Gabriela a cambio de dinero; simplemente la advertí, la adoré desde que la distinguí entre la demás y me la llevé enseguida a la casa para ponerla en el sitio que le tenía destinado.
Era un día de verano. La traje en brazos, lo recuerdo bien porque la Olivetti mecánica así la transportaba yo siempre y no iba a cambiar; sin embargo, cual no fue mi sorpresa al recibir a mi Gabriela en tamaño embalaje, perdón, en su suntuoso estuche negro que pesaba casi tanto como ella, pero no me importó, ¡cómo iba a importarme! Iba toda orgullosa por la calle, bajo un sol estival a través de los bulevares y ponía más cuidado que nunca al atravesar las calles como si, entusiasmada por la nueva vida que empezaba, me interesara en preservarla más que nunca y evitara cualquier acontecimiento que pudiera interferir con mis halagüeñas prospectivas. Por todo lo cual cruzaba yo, desde hacía días, religiosamente en las esquinas, con el semáforo en rojo y no, a lo loco como antes. Con todo y eso, casi estuve a punto de perder la vida junto a Gabriela, porque un autobús quemó un semáforo. Me indignó la imprudencia del chófer que arrancó antes de tiempo, sin atender a la dificultad que significaba correr con tanto peso arriba; nos tiró, a mí y a Gabriela, el autobús encima, como si no entendiera que llevaba mi bebé en brazos y no, una simple maquinilla, con lo que me obligó a echarme a correr como una desaforada con mi muchacha a cuestas.
Igual que los bebés de mis amigas, Gabriela tuvo su ajuar desde el primer día. Sí, igual que toda niña bien nacida, en su canastilla -en su estuche, claro- tenía de todo: margaritas de tipos diferentes, correctores, cartuchos de cintas de tinta, calcomanías con las letras del teclado español para colocárselas encima al teclado francés, en caso necesario. Yo abría en todo momento su estuche, recolocaba las margaritas en sus receptáculos individuales, contaba los correctores, chequeaba que no le fuera a faltar nada haciendo las provisiones indispensables. Si yo estaba en la casa, ocupada en algo, volvía a su lado en cualquier momento y si no, de todas maneras, pensaba siempre en ella, hiciera lo que hiciera, estuviera dónde estuviera.
Su recuerdo me seguía por todos lados, en la habitación como en la calle. Cuando volvía a casa, antes incluso de quitarme el abrigo y ponerme cómoda, en zapatillas, iba a mirarla. ¿Cómo explicarles esa relación con ella? La tocaba, la miraba. Admiraba sus líneas elegantes, apreciaba su sonido discreto, su gusto comedido a conformarse al espacio perfecto de su estuche: era muy fina mi Gabriela. Cada tarde, después del refrigerio al volver del trabajo, y, durante todo el fin de semana, no me separaba de ella, pasando a máquina lo que había anotado en papeles de circunstancias: servilletas de papel o clínex, recibos del banco que encontraba en los bolsillos del abrigo o en el fondo de la cartera. Mi lema era entonces, dejarme mandar por un tema y luego amaestrarlo manteniéndolo al ojo.
Cada vez me creía presa de una u otra cuestión, pero yo era muy despreocupada y finalmente, poco a poco, la indolencia ganaba, y en el camino, olvidaba mi punto de interés. De tiempo en tiempo, divisaba el tema olvidado a mi paso, como si distinguiera a un conocido entre los matorrales: me estaba acechando, me seguía a la traza, lo sentía detrás, lo cual no me molestaba, muy por el contrario, me encantaba, me tranquilizaba. Pero de nuevo, distraída, indolente, volteaba la cara, lo dejaba atrás, no pensaba más en él hasta el nuevo encuentro.
Es por esto precisamente que le debo tanto a Gabriela. Gracias a ella conservo las huellas de lo que me ocupó entonces. Gabriela me ayudó a pasar en limpio todas esas ideas captadas al vuelo durante esos años que fueron pocos, a lo sumo tres, cuatro, no recuerdo pero fue un período inigualable, muy intenso, en que devoraba la vida. Sin embargo, no hay más ingrato que el tiempo con su progreso, y pronto, igual que Gabriela desplazó a la Olivetti mecánica, una computadora con su disco duro, vino a sustituirla a ella. En adelante, desfilaron los ordenadores, cada vez más chiquitos con su cañonera de ventajas.
Mi apego por ella no varió ni un ápice y me siguió en cada mudanza para ir a ocupar siempre, hay que decirlo, un sitio en el armario. Solo la sacaba algunas veces de su escondite y de su precioso estuche, para llenar formularios; pero el adelanto, como saben, no se detiene, y a la llegada del escáner, no salió más nunca de un guardarropa, o más bien salía de uno para entrar en otro; la cambiaba continuamente de sitio y su estuche representaba un bulto voluminoso que no encontraba lugar.
La permanencia de Gabriela en la casa quedó seriamente comprometida. Reflexionaba mirándola y comprendía que estaba demás. Hay razones que el corazón no entiende. La había tenido conmigo más de la mitad de mi vida y no era fácil desprenderme de ella solo por hacer espacio. Un objeto más, un objeto menos, ¡qué más da! Cuesta mucho conformarse con dejar a los hijos seguir su vida cuando crecen. Así fue de difícil con Gabriela; sin embargo, después de mucho esfuerzo, de mucha cavilación, un día, me resigné a dejarla seguir su camino: Formaría parte de la colección de una joven aficionada a máquinas de escribir, me dijo la amiga a quién, una tarde, le confié a Gabriela tan flamante como el primer día en que llegó a mi habitación de estudiante; iba con todo su ajuar, y junto a éste, adjunté su documentación, como si se tratara de su acta de nacimiento o acaso documentos de identidad que pudiera a necesitar.
A menudo pienso en Gabriela. Mi consuelo es imaginarla rodeada de otras compañeras en casa de una coleccionista, mucho más a gusto que encerrada en un armario. Su escritura, o la de sus margaritas, son inconfundibles para mí y es el lazo que me mantiene unida a ella. El escáner ha ido fotografiando las hojas en que reencuentro las ideas transcritas gracias a ella la cual, a pesar de no tener memoria, como todas las máquinas de escribir eléctricas de entonces, me ayudó a preservar la mía, acerca de una época significativa de mi vida. Y podría seguir contando más y más, pero con lo que he relatado, ahora conocen a grandes rasgos, mi historia con Gabriela.
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