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Instrucciones para mirarse el codo

Instrucciones para mirarse el codo

No hay que hacer siempre lo mismo, y para variar, solo hay que mirarse el codo. Sea un día de sol, sea día de lluvia, tanto si se encuentra en su casa o en otro sitio; si quiere llamar la atención, puede hacerlo en la calle, pero no podrá sentarse. Algunos pensarán que ir al cine, mirar televisión, jugar tenis (cada quien propondrá su lista), siempre será preferible. Es cuestión de puntos de vista. En todo caso, mirarse la articulación del antebrazo y el brazo, ciertamente, es inhabitual; el codo suele ser punto de apoyo, o instrumento útil para acaso asestar codazos; convertirlo en punto de mira, desde luego asombra, y el más sorprendido de todos, será el codo mismo.
De todas maneras, empecemos.

Si ya se sentó (o está de pie, pero listo), adose el antebrazo a su brazo, de manera que su mano repose sobre su hombro. Incline la cabeza hacia adelante para mirar el codo. Su cuello se ha enrollado. El antebrazo contra el brazo muestra la forma de una pera (o de un boliche), cuya cúspide se esconde bajo su barbilla y, allá, en la base de esta pera (o del boliche), verá la silueta de la aludida articulación. Para que su vista consiga tenerla de frente, enrolle su cuello algo más; mientras lo hace, el alto de su espalda se estirará. Levante bien antebrazo y brazo, y tendrá buena visión del panorama. Por cierto, su antebrazo tomará más y más la forma de pera (o de boliche). Pero en cuanto al codo, tampoco así lo verá de faz, sino siempre de perfil.

No lograr mirarse el codo resulta un Waterloo sin importancia. Sin embargo, ¿por qué desanimarse tan fácil? Desistir "por quítame esta paja", cuando se está ya sentado en su casa, o parado en otro sitio, un día de sol o de lluvia, en todo caso, decidido a efectuar el hecho tan extravagante de mirar cara a cara el ángulo de su brazo y su antebrazo —francamente, no luce bien.

Que no se diga luego que no se le buscó la vuelta.

Así pues, despegue el antebrazo de su brazo hasta que ambos formen una línea recta delante de Ud., paralela al piso, y aplíquele a ésta una vuelta de 180°, hacia abajo o hacia arriba, como guste, en dirección de la espalda. ¿Ya está? Ahora voltee la cabeza hacia allá.

En el extremo de su antebrazo, verá la mano inactiva, y divisará el codo; lo distinguirá apenas. ¿Cómo lo ve? Engurruñado, ¿verdad? No es extraño.

_Perdone, Señor Codo —puede decirle.

Voltee su cabeza hacia delante, descanse su brazo y su antebrazo, y deje al susodicho tranquilo. Si lo desea, poco después u otro día, empiece de nuevo desde el principio. Tal vez logre que deje su cara de pocos amigos. Por el momento está extrañado. Acostumbrar a un codo a que lo miren, sin duda, necesita tiempo.
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