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Monólogo de pobreza en Marguerite Yourcenar (Parte 2)

lunes 31 de agosto de 2020, 04:50h
De repente descubrimos que los libros no contienen la vida, sólo contienen sus cenizas. No es verdad que los libros nos tienten, ni tampoco los acontecimientos, puesto que sólo lo hacen cuando nos llega la hora o el tiempo en que cualquier cosa hubiera sido para nosotros una tentación.

Santo Domingo.- De repente descubrimos que “los largos meses que pasé en este lugar me enseñaron a ver la vida, es decir, la vida de los demás. Entonces, como las ideas fijas sólo desaparecen cuando son reemplazadas por otras, vi crecer lentamente mi segunda obsesión: la tentación de la muerte.

De repente descubrimos que no son nuestros vicios los que nos hacen sufrir, sólo sufrimos por no poder resignarnos a ellos. Conocí todos los sofismas de la pasión y también todos los sofismas de la conciencia. La gente figura que reprueban ciertos actos porque la moral se opone; en realidad, obedecen (tienen la suerte de obedecer) a repugnancias instintivas. Estaba impresionado, a pesar mío, por la extrema insignificancia de nuestras faltas más graves, por el poco lugar que ocuparían en nuestra vida si los remordimientos no prolongaran su duración. Nuestro cuerpo olvida, igual que nuestra alma; quizás sea esto lo que explique, en algunos de nosotros, la renovación de nuestra inocencia. Me esforzaba por olvidar, casi lo conseguía. Luego, aquella amnesia me horrorizaba. Mis recuerdos me parecían incompletos, y me sometían a un suplicio cada vez mayor. Me arrojaba sobre ellos para revivirlos. Me desesperaba al notar que empalidecían. Sólo los tenía a ellos para compensarme del presente y del porvenir al que renunciaba. No me quedaba ya, después de haberme prohibido tantas cosas, el valor de prohibirme mi pasado. Vencí. A fuerza de recaídas miserables y de victorias aún más miserables, logré vivir durante todo un año como hubiera deseado vivir toda mi vida.

No quiero exagerar mi mérito: tener mérito al abstenerme de cometer una falta es ya, de alguna manera, sentirse culpable. Conocí el peligro de las aguas estancadas. Parece como si actuar nos absolviera y fui un hombre de acción. Digamos, si lo prefieres, que es menos impuro debido a ese no sé que de mediocre que siempre tiene la realidad. Aquel año en que no cometí, te lo aseguro, ningún acto reprochable, estuvo enturbiado por más obsesiones que ningún otro y por obsesiones más bajas. Se hubiera dicho que aquella llaga, al cerrarse demasiado pronto, se me había abierto en el alma terminando por envenenarla. Me endurecí. Hasta entonces me había abstenido de juzgar a los demás. Si hubiera podido, habría terminado por ser tan implacable con ellos como conmigo.

De repente descubrimos que “no sé de ningún éxito que no se compre con una semi mentira; no sé de ningún auditorio que no nos obligue a omitir o a exagerar alguna cosa. A menudo he pensado que un alma verdaderamente hermosa no alcanzaría la gloria, porque no la desearía. Esa idea me desengaña de la gloria y del genio. Creo que el genio no es más que una elocuencia particular, un don ruidoso de expresarse.

De repente descubrimos que “la gente que va al teatro busca olvidarse de ella misma; los que van al concierto tratan más bien de encontrarse. Eran los supervivientes de un mundo más razonable que el nuestro, por ser precisamente más frívolo, menos preocupado. En vez de espejos, en su habitación tenía los retratos de otros tiempos. Decían que había inspirado vivas pasiones y también las había sentido; tuvo penas que no le duraron mucho tiempo. Supongo que le ocurría con sus pesares igual que con los trajes de noche; sólo se los ponía una vez, pero los guardaba todos, así que tenía armarios de recuerdos. La princesa tenía el alma de encaje.

De repente descubrimos “que nosotros somos de una raza muy extraña en la que la locura y la melancolía alternan de siglo en siglo como los ojos negros y los ojos castaños. El alma humana es más lenta que nosotros; esto me hace admitir que podría ser más duradera. Siempre se queda un poco atrasada con respecto a nuestra vida presente. Así de tanto posponer las cosas nos habíamos acostumbrado a las prórrogas. Eran ellas tan naturales que consideramos siempre a la generación anterior como una etapa superada. Quizás por eso siempre hemos sido capaces de comprender, cuando lo que es más difícil es perdonar. Te pido perdón ahora, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo.

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