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Nuevas reflexiones sobre el Santiago moderno

viernes 07 de junio de 2019, 00:09h
“Sigo suponiendo que este mundo no tiene un sentido superior. Pero sé que hay algo en él que si tiene sentido, y es el hombre ante su prójimo. Porque ese encuentro le da sentido a todo”. Albert Camus.
Ahora que la anarquía y el autoritarismo es nada y también lo es todo, entendimos que nosotros siempre hemos querido a nuestros caciques, que somos sus creadores, aunque en medio de la pobreza general y mental, el país se corrompe con el que manda, o al menos eso dicen los que mandan. Pregúntele Ud. al casi reelecto Presidente Danilo Medina Sánchez, si el ciudadano es capaz de corromperse. Todos han tenido un comienzo y un final.

Se me ocurre pensar que lo que los dominicanos hemos buscado y necesitado, hasta ahora, es a una persona, a un cacique, a la que podamos admirar y despreciar al mismo tiempo, que satisfaga el orgullo personal y la necesidad de la maledicencia; alguien que reúna en su persona cualidades visiblemente contradictorias, de suerte que los ciudadanos, pasivos como siempre, absurdos como nos dice Albert Camus, vean que sus obras positivas nos justifican, y sus defectos, enormes en la figura de un cacique reelecto, sean para los que comentan un preciado manjar.
  • -Abuelo, sin embargo, volver a elegir caudillos es lo mismo que sacar de la nada, algo que sigue siendo nada, al mismo tiempo que lo es todo, y eso un absurdo total en el siglo XX1, donde la tecnología es el factor de producción esencial y la globalización mundial su hermoso contexto.
  • Efectivamente. Peor aún: ya estamos hartos también del P.L.D. según las encuestas Gallup: un 68% no desea reelección y un 54% desean un cambio radical. Pero las tradiciones caciquistas han sido “nuestra gran fuerza de freno, la gran fuerza de inercia de nuestra historia”.

Ahora, en libertad formal, esta última generación de dominicanos, de estreno, vive sumida en la sordera y el descreimiento. Culpan a la clase política de ser “una construcción inacabada y con su excepticismo les recuerdan la ruina en que se convertirán un día, pues en esencia todo constructor, a la larga, si no tiene continuadores, sólo edifica para el derrumbamiento”. Y ya el Presidente Medina no tiene continuadores.

Lo mismo le pasó al P.R.S.C. y luego al P.R.D. Y ese rechazo al P.L.D. ya está sucediendo en todas las comunidades del país, en todas las provincias. Como dice Martin Heidegger: “Somos lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros. Yo soy yo y mis circunstancias”.
  • ¿Abuelo, de veras cree usted que estamos construyendo ahora, entre gobernantes y gobernados, una generación de políticos millonarios, sordos, en medio de una comunidad incrédula, sorprendida en su propia poesía ciudadana?
  • Mi querido nieto, no solo en R.D., en todas partes, el mundo político de izquierda, es ahora la herencia de la llamada centro izquierda, que después de la caída del muro de Berlín, y del socialismo real, es sorda y millonaria, y de ahora en adelante, como se demuestra en toda América Latina, sólo conquista el Poder con el esfuerzo oneroso, o con el sacrificio sin Patria, o con el rito del absurdo.

Parece ser que esta última generación, a la que pertenecemos, cree que hay en la vida de cada generación y de cada hombre, períodos en los cuales se existe realmente y otros en que sólo se ve como un aglomerado de responsabilidades, de fatigas y de vanidades. Donde la mayoría de los hombres mueren a los veinte y treinta años, porque pasada esa edad no es más que su propio reflejo, repitiendo de una manera cada vez más mecánica y gesticulante, lo que han dicho, hecho, pensado o querido, en la época en que realmente eran.

La última generación de dominicanos, ahora de centro izquierda, nació envejecida…

Si ni siquiera muchos de ellos, a pesar de los avances tecnológicos, pueden disponer de un empleo decente o de una pensión razonable para ser un viejo simpático, medios para casarse, comprarse un apartamento, un vehículo o ahorrar para el futuro, sienten que la vida se ha detenido en su presencia, que están viviendo como quién viaja, cargados de placeres y de olvidos y por eso son capaces de albergar una dosis tan elevada de indiferencia: el poder corrompe y no hay otro espacio, más que el vacío.

Saben por experiencia propia que han nacido en libertad, pero también que la ternura humana necesita soledad a su alrededor y un mínimo de sosiego dentro de su inseguridad. No obstante, sienten que se hace mal el amor y se vive mal la amistad en un dormitorio donde se habla de modernidad, pero donde se guerrea por ser el más corrupto. Donde se habla de oferta y demanda, del juego invisible del mercado, pero donde los celos, la venganza y el dinero son los verdaderos becerros de oro.

Y se encogen de hombros, manifestando que ninguno de esos juegos físicos tiene ya la debida importancia. Puedo estar totalmente equivocado, me equivoco muchas veces, pero ustedes, la juventud actual, son la generación del escepticismo, la generación apartidista, la generación de la informática, la generación secuestrada. ¿No es así? ¿Dímelo tú que eres de esta última generación y eres de la marcha verde?
  • Lo que le puedo decir es que estamos cansados de demagógicas ofertas políticas: vergüenza contra dinero, yo soy la paz, gobierno de niño, manos limpias, gobierno de juventud, primero la gente, gobierno compartido, soy un hombre de palabra, etc. En plena libertad, ya no soñamos como antes, los ideales políticos están por los suelos, el sacrificio ha sido grande pero vano, hemos votado durante más de cincuenta años por todos los partidos y hemos vivido en nuestra propia piel, los mayores desengaños sucesivos, cuando no la muerte.

Pasivos como somos, la mayoría de las veces votamos en contra, para salir de alguien, no a favor de un proyecto nacional propio. Pero no estoy tan seguro de que seamos una generación de sordos. Solo sé que aspiramos, a un tipo de sociedad democrática, donde se pueda obtener, como dice Octavio Paz, una “solución al problema de la convivencia como una totalidad, que incluya tanto el trabajo como el ocio, el estar juntos y el estar solos, la libertad individual y la soberanía popular, la comida y la música, la contemplación y el amor, las necesidades físicas, intelectuales, pasionales”.

¿Es mucho pedir? Pero no, en nuestra pequeña república isleña, somos solo demócratas de palabra: es cierto que nos sentimos manipulados, porque ciertamente nos han manipulado. Estamos hartos de que nos manipulen cada cuatro años, y de hecho hemos conseguido muy poco, casi nada, como no sea la libertad formal y el camino franco hacia el exterior, que es mucho. Vivimos muy conformes como estamos: sin independencia en los tres poderes del Estado, repúblicos de pacotilla: la falsa izquierda de Juan Isidro Jiménez Grullón.

Dependientes y blindados, hoy vivimos en todas partes del mundo. Europa está llena de nosotros. Venezuela, Puerto Rico, New York, Alaska, Australia, Medio Oriente, Sudamérica. Hasta las tundras rusas saben de nuestra presencia. Somos apenas visas para un sueño y estamos ya regados por el mundo, como lo canta tan bien en ritmo de bachata y de merengue, Juan Luis Guerra.
  • Mi querido nieto, si lo que me dices es cierto, usted tiene solamente dos caminos: o se organizan y eligen directamente a sus propios candidatos por vía autogestionaria, o se abstienen de votar para siempre. Cada quién se rasca con su propio palo. Recuerde que la política es un arte que muchas veces encierra sus esfuerzos dentro de límites implacables. En ese sentido puede decirse que la pobreza es nuestra gran maestra, no solo de pensamiento sino de estilo: cuando el tiempo está medido y las palabras contadas, no se dice nada que sobre y se adquiere el hábito de pensar sobre lo esencial. Así se vive el doble, teniendo menos tiempo para vivir.
  • ¿Y viviendo de forma acelerada, absurda, dejaremos de ser sordos? ¿No es otra idea quijotesca?
  • No lo sé, ni tampoco creo que a mi edad, eso ya me concierne. Lo único que te puedo asegurar, con cerca de ochenta años a cuestas, que como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectivas que nacen de sus líneas.
  • Abuelo, pues ahí le van tres observaciones tan antiguas como los viajes de Cristóbal Colón, como parte de la experiencia de la última generación de esta isla sin tiempo.

Primera observación: ¿Acaso no podremos curar un espíritu enfermo, arrancar de nuestra memoria un dolor arraigado, borrar el pesar escrito en nuestro cerebro, liberar nuestro agobiado pecho de todo el veneno que nos oprime el corazón, desde hace cinco siglos, como diría William Shakespeare? ¿Seremos nosotros capaces de integrar culturalmente lo que España ni quiso ni pudo, para que razas y culturas no se sigan anteponiendo? ¿Es que acaso un mestizaje tan largo no podrá mirar el presente con optimismo, con algún plan de desarrollo que abarque a mi generación y a las que nos siguen, ya endeudados hasta el tope?

Segunda observación: ¿La libertad, la democracia, la justicia, esas tres piedras en que decimos descansar y de las cuales sólo la libertad es un hecho real, son eslabones demasiado complicados para un criollo, producto acabado de dieciséis generaciones de pobreza mulata?

Tercera observación: Nuestra isla y nuestros pobladores, se asemejan a otros países de nuestra América Latina, con los cuales compartimos la misma mezcla de elementos culturales medievales europeos, junto a componentes mágicos africanos o indígenas, y más recientemente el discurso racional y cientificista de Europa Occidental y ahora de los Estados Unidos. La falta de integración de los componentes de esta mezcolanza cultural, se refleja todavía en todas nuestras instituciones sociales y crea contradicciones profundas que no nos permiten actual con eficacia.

¿Es que no seremos capaces, en la práctica, de planificar nuestro presente, separando e independizando los tres poderes del Estado. ¿Acaso no podremos vivir más que prorrogando nuestro presente, en el arte permanente de dejarlo todo para después, con libertad, pero sin democracia y sin justicia? Desde mi punto de vista, hace falta un plan nacional de desarrollo de largo plazo, orquestado por nuestras comunidades. ¿Usted que cree, abuelo? Son palabras del Dr. Enmanuel Silvestre, cientista social dominicano y hermano de Sonia Silvestre.
  • Creo que el paciente debe buscar remedio propio.

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