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Pobreza moderna: La generación secuestrada

jueves 28 de marzo de 2019, 15:58h
“No sé por qué, pero nos produce placer narrar, recrear con palabras lo que hemos vivido. Recrear: es decir, que nunca contamos fielmente los hechos, sino que siempre inventamos o modificamos algo: a la experiencia real le añadimos la imaginaria, y eso es sobre todo lo que nos produce placer”. Luis Landero.

Sí todos los bienes del mundo
de pronto pudieras tener
si todas las cosas hermosas
pudieras hacer
Tendrías tantas cosas bonitas
las rosas podrías encontrar
en cualquier jardín.

Si buscas y todo lo encuentras
si miras y encuentras amor
la vida sería tan hermosa
para sonreír
Si todo el amor que tu esperas
de pronto pudieras tener
¿Qué harías con él?

Es tanta la gente que sueña
que anhela que sea realidad
recuerda que para que puedas amar
la vida te debe enseñar a llorar
Y en esas lágrimas buenas
mirar el amor.

Es tanta la gente que sueña
que anhela que sea realidad
recuerda que para que puedas amar
la vida te debe enseñar a llorar
Y en esas lágrimas buenas
mirar el amor
mirar el amor
mirar el amor.
  • Abuelo, por el sentido de sus palabras, cualquiera podría pensar que hemos vivido secuestrados, de silencios en silencios, de generación en generación, de una página en blanco a otra, también en la llamada postmodernidad, en esta generación 16.
  • Ni más ni menos. Fíjese que hemos votado ya doce veces, desde el 1962 a la fecha, en plena libertad, siempre con mañosearías, pero libres. Que recuerde, en 1962 votó el 84% del universo total de votantes. En el año 2002 apenas votó el 45% de ese mismo universo, es decir que un 39% ha salido del juego electoral en los últimos 40 años, un promedio de un 4% por cada elección celebrada. Y sin embargo, se dan los mismos síntomas: seguimos siendo alabarderos del Poder, simuladores, donde muchos de nuestros intelectuales post-modernos, por conveniencias, no conciben otro espacio que la simulación a la autoridad.

Del mismo modo que una mujer, a quién dejamos en plena calle, va perdiendo su individualidad a medida que se aleja y ya no es, desde lejos, sino un transeúnte igual que los demás, los ciudadanos de este nuevo país dominicano, se han ido retirando paulatinamente de los torneos electorales. Ayer mismo miré una promoción televisiva donde una niña de ocho años, explicaba cómo se puede votar con una boleta de triple opción. Me quedé pensando que nuestras comunidades, siempre pasivas, son como un silogismo al que le faltan premisas verdaderas, vale decir, el respeto. Curiosamente esta población nuestra, tan pasiva en la solución de sus propios problemas, quiere la democracia, sabe que democracia es igual a desarrollo, aunque no sabe o no quiere saber, que el bienestar es el resultado de su propia participación, no el camino hacia él.
  • Abuelo, nuestra población estuvo profundamente incorporada a los procesos electorales desde que salimos del hombre del bicornio, hace 41 años, en un rito que simboliza su propio presente. Hay que contemplar bien de cerca esa muchedumbre, donde existe mucho dolor y casi ningún espacio para el error, ese río humano que se movió por las calles de nuestras ciudades y campos, detrás de sus candidatos, deseosa de escuchar ofertas concretas que embriagaran sus espíritus. Esa población cree todavía que puede cambiar sus
oportunidades a través del voto, que por el voto elegirá un hombre protector que no la desampare, que la proteja de la muerte, que ésta deje de convertirse en objeto de su contemplación, para que comience un ciclo de renovación social, impredecible, inacabable, que saque las miserias materiales y espirituales, de sus cuerpos. Pero delega, delega, delega y no se asume directamente. Es un cheque en blanco.
  • ¿Abuelo, entonces otra vez nos persigue el pasado caciquista?
  • Ese ha sido nuestro centro. Que el pasado caciquista, presente todavía en tantos aspectos, se debata en las urnas; ese pasado que está soportado por el cinismo y el temor, por antiguas sonrisas y fórmulas arcaicas de cortesía, por guerras y violencias tradicionales, por gentilezas de un mundo viejo que empieza a desvanecerse, a alejarse de nosotros, como poesía de una hora desesperada y que ojalá desaparezca pronto del panorama para siempre. La mayoría de esta generación inteligente (abuelos, padres e hijos) tampoco votará en el próximo torneo electoral en el 2020. ¿Sabes por qué?
  • ¿Por qué?
  • Porque se siente secuestrada como una fotografía harto borrosa y tomada a contraluz durante un paseo olvidado. Hemos pasado de la total mudez a la total sordera. Ahora todo el mundo opina, habla, gesticula y oferta, pero ya casi nadie escucha y por eso cada día son más los apartidistas y mayores las marchas verdes. Para esta nueva generación, la tuya, la del mundo de la informática, los días parecen sucederse todos iguales, cada uno tan largo como un verano caluroso y húmedo.

Esta crisis de representación es lamentable, y no tiene por qué ser reproducida en unos lienzos enmarcados en dorado: pero eso sí, con el respeto debido, a esa mayoría apartidista las cosas hoy le parecen de una misma manera, muertas en sí mismas, donde símbolos y palabras se desprenden como carnes que se pudren. Las generaciones anteriores, las nuestras, cuando éramos jóvenes, vivimos de la mudez obligada por constantes montoneras o en medio de dictaduras militares. Ojalá que esta isla de pobreza, esta vez nos regale lo mejor de su clima, que su austera candidez nos ciña en un tierno abrazo con los frutos abundantes de la tierra y podamos olvidar y renacer: el presente, historia real de la anécdota colectiva nos esperará siempre, otra vez el 16 de mayo.
  • Abuelo, ¿usted está sugiriendo que también Trujillo fue el resultado natural de nuestras viejas montoneras caciquistas?
  • Correcto. Pero fue un cacique excluyente, como casi todos, y el más duro y radical de todos, y en ese sentido es especial. Si los caciques dominicanos fuesen ficticios, no hubiese habido 56 cambios de gobiernos y centenares de montoneras, desde la fundación de la República hasta el 1916. En cierto modo, los caciques dominicanos, militares y civiles, tienen algo de fantástico. Nuestra realidad ha sido incoherente y los hombres reflejamos esas incoherencias, mientras no se nos someta a un proceso de figuración por la palabra, histórica o poética. Nuestros caciques siempre han buscado la imagen de personas muy coherentes, pero no olvidemos que lo que sabemos de ellos, ya nos viene dado o configurado.

La República ha podido destruir los retratos de los caciques y aventar sus cenizas, pero no su recuerdo. Nosotros hemos querido a nuestros caciques, somos sus creadores, pues en medio de la pobreza general, el país se consustancializa con el que manda, o al menos eso dicen los que mandan. Todos han tenido un comienzo y un final.

Se me ocurre pensar que lo que los dominicanos hemos buscado y necesitado hasta ahora por pasividad, es a una persona, a un cacique, a la que podamos admirar y despreciar al mismo tiempo, que satisfaga el orgullo personal y la necesidad de la maledicencia; alguien que reúna en su persona cualidades visiblemente contradictorias, de suerte que pasivos como siempre, sus obras positivas nos justifiquen, y sus defectos, enormes en la figura de un cacique, sean para los que comentan, un preciado manjar.
  • Abuelo, sin embargo, volver a elegir caudillos es lo mismo que sacar de la nada, algo que sigue siendo nada, al mismo tiempo que lo es todo.
  • Efectivamente. Pero, las tradiciones caciquistas son nuestra gran fuerza de freno, la gran fuerza de inercia de nuestra historia. Ahora, en libertad, esta generación de ustedes, de estreno, vive sumida en la sordera y el descreimiento. Culpan a la clase política de ser una construcción inacabada y con su escepticismo les recuerdan la ruina en que se convertirán un día, pues en esencia todo constructor, a la larga, si no tiene continuadores, sólo edifica para el derrumbamiento.
  • ¿Abuelo, de veras cree usted que estamos construyendo ahora una generación de sordos?
  • Mi querido nieto, parece ser que esta generación, a la que tu perteneces, cree que hay en la vida de cada generación y de cada hombre, períodos en los cuales se existe realmente y otros en que sólo se es un aglomerado de responsabilidades, de fatigas y de vanidades. Donde la mayoría de los hombres mueren a los veinte o treinta años, porque pasada esa edad no son sino su propio reflejo, repitiendo de una manera cada vez más mecánica y gesticulante, lo que han dicho, hecho, pensado o querido, en la época en que realmente eran. Si ni siquiera muchos de ustedes, a pesar de los avances tecnológicos, pueden disponer de un empleo decente o de una pensión razonable para ser un viejo simpático, medios para casarse, comprarse un apartamento, un vehículo o ahorrar para el futuro, sienten que la vida se ha detenido en su presencia, que están viviendo como quién viaja, cargados de placeres y de olvidos y por eso son capaces de albergar una dosis tan elevada de indiferencia.

Saben por experiencia propia que han nacido en libertad, pero también que la ternura humana necesita soledad a su alrededor y un mínimo de sosiego dentro de su inseguridad. No obstante, sienten que se hace mal el amor y se vive mal la amistad en un dormitorio donde se habla de modernidad, pero donde se guerrea por ser el más corrupto. Donde se habla de oferta y demanda, del juego invisible del mercado, pero donde el dinero es el único becerro de oro. Y se encogen de hombros, manifestando que ninguno de esos juegos físicos tiene ya la debida importancia. Puedo estar totalmente equivocado, me equivoco muchas veces, pero ustedes, la juventud actual, son la generación del escepticismo, la generación apartidista, la generación de la informática, la generación secuestrada. ¿No es así? ¿Dímelo tú que eres de esta última generación?
  • Lo que le puedo decir es que estamos ya cansados de demagógicas ofertas políticas: vergüenza contra dinero, yo soy la paz, gobierno de niño, manos limpias, gobierno de juventud, primero la gente, gobierno compartido. En plena libertad, hemos votado durante cuatro décadas por todos los partidos y hemos vivido en nuestra propia piel los mayores desengaños sucesivos, en estos últimos cuarenta años. Pasivos como somos la mayoría de las veces votamos en contra, para salir de alguien, no a favor de un proyecto propio. Pero no estoy tan seguro de que seamos una generación de sordos.

Solo sé que aspiramos apenas a un tipo de sociedad, donde se pueda obtener solución al problema de la convivencia como una totalidad, que incluya tanto el trabajo como al ocio, el estar juntos y el estar solos, la libertad individual y la soberanía popular, la comida y la música, la contemplación y el amor, las necesidades físicas, intelectuales, pasionales. ¿Es mucho pedir? Es cierto que nos sentimos manipulados, porque ciertamente nos han manipulado. Estamos hartos de que nos manipulen cada cuatro años, y de hecho hemos conseguido muy poco, casi nada, como no sea la libertad formal y el camino franco hacia el exterior, que es mucho. Hoy vivimos en todas partes del mundo. Europa está llena de nosotros. Venezuela. Puerto Rico. New York. Alaska. Australia. Medio Oriente. Sudamérica. Hasta las tundras rusas saben de nuestra presencia. Somos apenas visas para un sueño y estamos ya regados por el mundo. Somos ya 2,5 millones de dominicanos ausentes y el rancho ardiendo.
  • Mi querido nieto, si lo que me dices es cierto, ustedes tienen solamente dos caminos: o se organizan y eligen directamente a sus propios candidatos por vía autogestionaria, o se abstienen de votar para siempre. Cada quién se rasca con su propio palo. Recuerda que la política es un arte que muchas veces encierra sus esfuerzos dentro de límites implacables. En ese sentido puede decirse que la pobreza es nuestra gran maestra, no solo de pensamiento sino de estilo: cuando el tiempo está medido y las palabras contadas, no se dice nada que sobre y se adquiere el hábito de pensar sobre lo esencial. Así, se vive el doble, teniendo menos tiempo para vivir.
  • ¿Y viviendo en forma apresurada, dejaremos de ser sordos? ¿No es otra idea quijotesca? ¿No sería mejor quedarnos quietos, como hacían los indígenas aztecas, tranquilos, abrazados a una lógica colectiva, en el mismo centro?
  • No lo sé, ni tampoco creo que a mi edad, eso ya me concierne. Lo único
que te puedo asegurar, con cerca de noventa años a cuestas, que, como todo el mundo, sólo tengo a mi servicio tres medios para evaluar la existencia humana: el estudio de mí mismo, que es el más difícil y peligroso, pero también el más fecundo de los métodos; la observación de los hombres, que logran casi siempre ocultarnos sus secretos o hacernos creer que los tienen; y los libros, con los errores particulares de perspectivas que nacen de sus líneas.
  • Abuelo, pues ahí le van tres observaciones tan antiguas como los viajes de Colón, propio de su nieto, como parte de la experiencia de la última generación de esta isla sin tiempo.

Primera observación ¿ acaso no podremos curar un espíritu enfermo, arrancar de nuestra memoria un dolor arraigado, borrar el pesar escrito en nuestro cerebro, liberar nuestro agobiado pecho de todo el veneno que nos oprime el corazón, desde hace cinco siglos? ¿Seremos nosotros capaces de integrar culturalmente lo que España ni quiso ni pudo, para que razas y culturas no se sigan anteponiendo? ¿Es que acaso un mestizaje tan largo no podrá mirar el presente con optimismo, con algún plan que abarque a mi generación y a las que nos siguen?

Segunda observación: ¿la libertad, la democracia, la justicia, esas tres piedras en que decimos descansar y de las cuales sólo la libertad es un hecho real, son eslabones demasiados complicados para un criollo, producto acabado de dieciséis generaciones de pobreza mulata?

Tercera observación: nuestra isla y nuestros pobladores, se asemejan a otros países de nuestra América Latina, con los cuales compartimos la misma mezcla de elementos culturales medievales europeos, junto a componentes mágicos africanos o indígenas, y más recientemente el discurso racional y cientificista de Europa Occidental y ahora de los Estados Unidos. La falta de integración de los componentes de esta mescolanza cultural, se refleja todavía en todas nuestras instituciones sociales y crea contradicciones profundas que no nos permiten actuar con eficacia. ¿Es que no seremos capaces, en la práctica, de planificar nuestro presente?

¿Acaso no podremos vivir más que prorrogando nuestro presente, en
el arte permanente de dejarlo todo para después, con libertad, pero sin democracia y sin justicia? Desde mi punto de vista, hace falta un plan nacional de desarrollo de largo plazo, orquestado por nuestras comunidades ¿Usted que cree, abuelo?
  • Creo que el paciente debe buscar remedio propio.
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