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1ro de octubre Día Internacional de las Personas de Edad

Sala de Espera
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Sala de Espera

Extraído de "Antología Literaria Dominicana", Recopilación de Margarita Vallejo de Paredes, 2do Vol., INTEC, Ed. Corripio,1982, pág. 254.

La vejez se dio cita en la sala de la eternidad.
Diminuta, menuda, arrastrando los pies por la superficie lisa del piso, se detuvo frente a la puerta y reposó en ella su mano vestida de mil pliegues de piel flácida que se abandona en todas direcciones; abrió la puerta, sigilosa y callada, pasó bajo el dintel y sólo el leve rozar de sus pies enfundados en acolchados botines, anunció la presencia de su figura que casi no se percibe. Junto a una silueta joven que no la comprendió pronunció con pesadez unas palabras. Se sentó a esperar en una silla de respaldo muy recto en donde su espalda curvada no se pudo acomodar.
Todos entraron del mismo modo. Arrastrando los pies cansados de tanto caminar, deslizando los botines por la superficie lisa que se resentía bajo todo el peso de años; empujaron la puerta de la entrada suavemente con mano hendida de añejo. Hablaron, pero no los comprendieron. Se sentaron a esperar. Se hablaron entre ellos y se comprendieron al hablar; la base del rostro, cuando descendía, mostraba noches sin estrellas blancas; las palabras salían con dificultad: eran lentas, morosas, querían en vano hacer gala de autonomía, independencia; salir sueltas, erguidas y con garbo, pero, todas se daban la mano y con sus débiles impulsos aunados, lograban llegar al exterior un poco maltratadas. Sentados, sus espaldas no encontraron reposo en respaldos rectos de sillas jóvenes.
Figuras dobladas en todos sentidos. Nadie las comprendía y decidieron esperar. Después de tantos años ¡sabían hacerlo!, no era difícil, sólo era cuestión de tiempo,... nada más. Supieron que el mundo ya no era de ellos. Todos se sentían igual: peso de años en los pies, que los hacía arrastrar los zapatos; manos que se perdían en piel llena de encajes; caminar lento, palabras chiquitas que sólo eran susurro; cuerpo inclinado por el tiempo, próximo del piso y alejado de lo alto del portal.
En la sala de la eternidad todos sonríen con serenidad; ya no tienen que pensar. Si sus pies son pesados, si sus palabras son susurro que no se puede escuchar, si sus cuerpos están tan cerca del piso y del dintel tan alejados ... ¿Por qué pensar?
... Las sillas, viejas, recuestan sus respaldos cansados en las espaldas curvadas, y se desploman; el piso ya no existe y el dintel desapareció. Sólo hay polvo de eternidad.

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