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Cuento

'Llanto irreprimible'
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"Llanto irreprimible"

Existen hechos insignificantes que nos interpelan toda la vida.
Los consideramos intranscendentes y los desalojamos illico de la mente pero son incisivos y vuelven a asaltarnos por sorpresa en cualquier instante. Para Moira, una de esas nimiedades que de tanto en tanto le ocupaba la mente, era el llanto que de niña la asaltó cuando doña Isaura Thormen, la madre de Carla, su mejor amiga de infancia, tocaba el piano. Había oído las mismas composiciones musicales posteriormente sin el disturbio de aquellas veces. Esa interpretación le transmitía algo… No lograba entender ese qué en ella que la descomponía…
Rara vez hay momento y lugar oportuno para sacar al aire una futilidad importante. Moira mantuvo la suya en su jardín interno hasta un sábado por la tarde en que se tropezó con doña Isaura. Hay que creer que la casualidad intervino, puso su granito de sal y actuando mejor que la secretaria más eficiente, agenció un encuentro fortuito entre ambas. Ella nunca iba a tiendas grandes, ni tampoco la Dra. Thormen; sin embargo ese día, una y otra, después de haber pospuesto tantas veces ir a comprar esas cosas que solo se consiguen en centros comerciales gigantescos, se encontraron en uno de ellos, cara a cara. Una felicidad triunfal las invadió. Tuvieron la sensación de que todo lo imposible era capaz de darse y en la cafetería del metacentro se entabló entre ellas una plática de remembranzas innumerables de manera que, en feliz tertulia, cruzaron la ciudad hasta la periferia de la Ciudad.
El resplandor lunar inyectaba sus rayos plateados en la penumbra vespertina. El entusiasmo dentro del carro fue siempre creciente y como si se expandiera fuera y contagiara, las ramas se entremezclaban alegres a los lados de la alameda. En un recodo del camino apareció cerca la morada de los Thormen.
El mobiliario era el mismo de aquella casa en que otrora, Moira visitaba a su amiga Carla. Todo en ella recordaba a la visitante, ese único lugar en que de niña, la dejaban dormir fuera. En la sala el piano ocupaba igual que siempre el mejor lugar.
—Sigue siendo un fiel compañero —dijo la Dra. Thormen reposando su mano sobre la tapa cerrada del instrumento.
El piano también ocupó un sitio de privilegio en la vida de Isaura Thormen; un lienzo de terciopelo color vino con adornos dorados siempre lo cubría y al lado, una mesita en cuyos tramos inferiores se apilaban las partituras. La madre de su amiga encendió, como entonces, la lamparilla de encima y las perlas transparentes, colgantes y pequeñas de su mampara abombada, formaron un lagrimeo circular amarillo.
El piano adquirió la incomparable aura sagrada del atardecer.
Ellas disfrutaban un frugal refrigerio mientras desfilaban los recuerdos. A esas horas, no debía haber alboroto. Era como si Doña Isaura necesitara silencio de convento para recogerse en su santuario. Por tanto, Carla y Moira jugaban tranquilas en la terraza pero prefería acostarlas primero antes de sentarse al piano. Entonces, retiraba el lienzo del instrumento y lo colocaba esmeradamente doblado en la mesita de las partituras y, se acomodada en la banqueta, desdoblaba la tapa de nogal. Sus manos descendían poco a poco sobre el teclado de ébano para recorrerlo de arriba abajo. Desgranaba las notas según Beethoven, Chopin, Mozart. Debajo, los pies apretaban un pedal, el otro, el tercero, dos a la vez. Muy derecha, con su tronco siempre bien acoplado a la cabeza y los hombros, la pianista producía sobre la banqueta, un ballet en perfecta armonía con el compás musical.
La melodía resonaba entre las espesas paredes; se metía por entre las vigas de caoba que de parte a parte atravesaban el techo elevadísimo del palacete colonial y la danza de acordes invadía la habitación en que Moira descansaba. La congoja se agolpaba en su pecho. Esa música penetrante acarreaba una sensibilidad que fustigaba la de Moira: se la ponía a flor de piel; aguijaba más y más, transgredía su alma y, allí, tocaba fibras profundas; se agitaban en ella sentimientos indescifrables que por vericuetos intrincados, enrumbaban hacia su mente de niña. Era imposible refrenar las lágrimas y estallaba en llanto.
—¡Nunca oí nada!
No hubiera podido explicar por qué lloraba. Oprimía la cabeza contra el colchón debajo de la almohada. Aquella música la hamaqueaba; la sometía a una prueba indecible de la que no salía indemne: le imponía la humildad de un retiro. Volvía estremecida a la casa y, como buscando absolución, se convertía (al menos por unos días) en la niña más dócil y obediente del mundo.
Isaura Thormen si oyó siempre a Carla. En medio de su fusión con la música, tonos discordantes, mezclados a la melodía, laceraron sus oídos. ¿Vendrían de la caja de resonancia del instrumento musical? supuso ella la primera vez; sin embargo, apenas sus manos dejaron el teclado, al silencio lo hendió un ruido de sollozos que la condujo hasta la habitación de su hija. Encontró a Carla hecha una Magdalena.
—Creo que la melodía vehiculaba mi malestar, la inconformidad que llevaba en mí —dijo la madre de Carla—. Mi sentir latigueaba por toda la casa y tú, como mi hija, absorbían esa insatisfacción ajena y la interpretaban a la luz de sus vivencias infantiles. A Carla la acaparaba el remordimiento; se sentía culpable de todo y prometía ser más obediente, ser más ordenada, responder enseguida cuando la llamaba… Ella abrazaba a la niña, la calmaba.
—En aquel tiempo —siguió diciendo doña Isaura—, ser solo ama de casa no me convencía, me carcomía no poder existir por mí misma, era un asunto de amor propio, tenía la apetencia de ser otra y no solo la esposa de alguien, del Arq. Thormen. Cuando me sentaba en el piano, me perdía en mi soledad, olvidaba las faenas en que me confinaba la vida de casada. Me entregaba al sueño con los ojos abiertos. El único foco de atención era el encuentro conmigo misma; me evadía, emprendía un viaje tras el deseo más recóndito de mi ser, sin freno ni permiso de nadie. Todo cambió cuando me senté en un banco de la facultad de medicina además de hacerlo en la banqueta del piano. El final de la jornada nunca más fue el de antes ni tampoco mi música. Carla, mi hija, no lloró más, ¡sorprendente! ¿No?
Al rostro de Moira afloró enseguida una sonrisa. Su llanto de niña le parecía comprensible. El tropiezo casual de ese día, resultó para ella, un fino y sutil regalo de la vida.
París, 2012
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