Santo Domingo.-
El calendario nos coloca en un nuevo comienzo. El 2026 se abre con un pulso político y social que no admite indiferencias: conflictos persistentes, diálogos inciertos y una ciudadanía que exige resultados tangibles. El mundo, más que nunca, parece caminar sobre un terreno movedizo, donde las certezas escasean y las decisiones se miden en tiempo real.
La guerra en Gaza y el conflicto con Israel continúan como una herida abierta en Medio Oriente, recordándonos que la paz no se decreta, se construye. La comunidad internacional insiste en corredores humanitarios y negociaciones indirectas, pero la desconfianza histórica y los cálculos de seguridad mantienen atrapada cualquier salida. El riesgo mayor es que la normalización del conflicto convierta la tragedia en rutina.
En paralelo, América se mueve entre pragmatismos. El eventual diálogo entre Donald Trump y Venezuela no se lee como un giro ideológico, sino como un cruce de intereses: energía, sanciones y estabilidad regional. En este tablero, las concesiones pesan tanto como las resistencias, y el desenlace dependerá de cuánto esté dispuesto cada actor a ceder.
El mundo entero, mientras tanto, vive en vilo. Tensiones comerciales, crisis climáticas y economías que avanzan a trompicones configuran un escenario frágil. Los liderazgos ya no prometen prosperidad, sino que administran riesgos. La política internacional se mueve en modo contención, con alianzas flexibles y decisiones de corto alcance.
La República Dominicana, en este contexto, enfrenta el reto de gobernar en tiempos exigentes. La ciudadanía demanda mejoras palpables en servicios, empleo y seguridad, y observa con lupa la transparencia institucional. No es un año para improvisaciones: es un año para cumplir, para demostrar que la gobernabilidad puede sostenerse en resultados y no solo en discursos.
Y sin embargo, el 2026 también trae esperanza. Una generación más informada, una sociedad civil más activa y una presión creciente por soluciones sostenibles marcan el pulso del presente. La esperanza no descansa en promesas grandilocuentes, sino en acuerdos posibles, decisiones responsables y una política que vuelva a escuchar.
En definitiva, este año será un año de equilibrios. Entre la guerra y la diplomacia, entre la incertidumbre y la acción, los gobiernos —y los ciudadanos— tendrán que decidir si el rumbo se define por el miedo o por la voluntad de construir salidas. El tiempo, como siempre, tendrá la última palabra.H.A.A.