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Cotidianidad colonial

lunes 23 de septiembre de 2019, 06:44h
“De chico era muy mentiroso y hacía literatura oral con los amigos: cuentos de casas hechizadas, gente que no existía y yo contaba que había visto.” J.C. Onetti.
  • No abusen ustedes del placer de las hamacas, exclama Mogave Desiderio personaje africano de sexta generación. En realidad el disolvente efecto psíquico producido en las culturas indígenas y negras por el contacto aplastante con la cultura española, fue un factor de suma importancia para que la población no creciera numéricamente en casi todo el período colonial. Los indígenas y también los negros, ambos ciudadanos de cuarta categoría, vimos aniquilada nuestra vida espiritual, sentimos la impotencia, la inferioridad de energías antes formas de vidas nuevas, extrañas, que se imponían en forma arrolladora, y nos vimos abandonados por nuestros dioses y por nuestros jefes.

Mucho antes de la llegada de los españoles y los africanos a esta isla del Caribe, el hombre indígena oriundo del Caribe y el hombre negro, oriundo del África, situados en latitudes tan lejanas, ya habían creado sus dioses y sus religiones, lo que demuestra su formidable condición terrenal y divina.
  • Abuelo, no obstante el prodigio de las hamacas y de las mecedoras, la mayoría de los indígenas y de los negros resistimos mal el choque entre culturas. Hubo fuete, trabajos forzados, y ambas cosas tuvieron su parte como causa coadyuvante, pero desde luego no absoluta en el aumento de la mortalidad. Esta fue debida a enfermedades que trajimos españoles y negros, para las cuales los indígenas carecían de anticuerpos, por cuya razón el ejército invisible de los microbios hizo muchas más víctimas que las propias armas o el trabajo forzoso de la Conquista. La viruela y el sarampión, por ejemplo, provocaron el exterminio de más de la mitad de los indígenas solo en valle de la Vega Real.
  • En cambio, el hambre por malas cosechas o escasez de caza no fue nunca un gran problema, pues aquí la naturaleza siempre ha sido pródiga en alimentos. Recuerde, además, que con la nueva alimentación que trajimos los españoles, el indígena estaba mucho mejor alimentado. De hecho los españoles introdujimos la bandera dominicana: arroz, habichuelas, carnes y ensaladas y gracias a esa bandera, se pudo sobrevivir por vía gástrica al choque cultural, exclama complacido Desiderio Frómeta.
  • No son tonterías. Pero es cierto que el ser humano es mucho más complejo que un suculento plato de comida y no es justo reducirlo a la sola alimentación, aunque se ha haya dicho siempre, que “barriga llena, corazón contento". Pero sin el amor y sin los sentimientos y los otros aspectos de la cultura, nadie ha podido vivir más que en solitario.
  • No obstante, haber creado a sus propios dioses, a los indígenas y a los negros, les fue imposible su total adaptación a las nuevas circunstancias culturales: abortos provocados, suicidios individuales y colectivos, huida en masa a tierras más pobres alejadas de las haciendas españolas, desesperadas rebeliones, son hechos repetidos y probados. Fueron siglos de muy baja natalidad y de muy elevada mortalidad. Siglos donde a pesar de la cómoda vida en sucursales, en las mecedoras y en las hamacas, la media de natalidad en familias indígenas y negras fue de apenas 3.2 miembros por unión familiar, cifra de por sí muy baja para contrarrestar la elevada mortalidad propia de la colonización.
  • No me lo saca nadie de la cabeza. En realidad, esa mortandad comenzó un buen día del mes de febrero de 1496 cuando se dispuso que cada familia indígena pagara un impuesto en oro, el cual se encontraba en los ríos en forma de aluvión. En vez de buscar pescados, nuestros antepasados taínos empezaron a buscar oro y nunca entendieron, ni él por qué ni él para que se les obligaba a realizar esta labor que entendían tan anticuada. El oro te lo repito, les servía como ornamento para sus mujeres, tostadas por el sol y con sus eternas ropas nudistas. Es sabido además que en aquel tiempo, negros esclavos seleccionados, provenientes de Africa y previamente macerados, iban sustituyendo a los indígenas muertos, barcos de carga iban y venían con sus cargamentos humanos, provenientes de distintos lugares y tribus africanas, con negros escogidos y comprados por su gran fortaleza física, que apenas se entendían entre sus tantos dialectos tribales, y que hablaban por señas, asintiendo lo que esperaban creer, con grandes gestos que terminaron cambiando también sus estilos de vida.
  • ¿Y usted, mi inquieto nieto, ahora que ya conoce el origen del mulataje de esta isla, que opina y soy yo ahora quién le interroga?
  • Esa es buena pregunta, abuelo. Creo que la colonización del valle de la Vega Real hubiese sido muy difícil, sin la inmediata formación de una activa generación mulata, que fue un elemento primordial para que la nueva población conservara sus esperanzas de vida útil. Desde entonces, por vía del amancebamiento y del mestizaje, en esta pequeña isla del Caribe, empezamos a ser una etnia tan normalmente mulata, donde la locura y la melancolía alternarían desde entonces, de siglo en siglo, como los ojos castaños y los ojos marrones.
  • Esa población mulata representó un elemento de equilibrio del triángulo racial y cultural: el blanco conquistador, el indio conquistado y el negro importado. A la mezcla del blanco y del indígena vino inmediatamente después a sumarse la del blanco con el negro y éste con el indígena, y posteriormente, en un segundo escalón, la mezcla de los elementos resultantes. Y añade:
  • De este modo surgieron todas las castas coloniales de América Latina, las que pueden señalarse hasta dieciséis, porque dieciséis han sido las fusiones también de nuestras generaciones de treinta años en estas tierras americanas, donde la población indígena era la más numerosa, y que se formó del modo siguiente, de siglo en siglo:

"Español e india, mestizo. Mestizo y española, castizo. Castiza y español, español. Española y negro, mulato. Mulata y español, morisco. Español y morisca, albino. Español y albina, torna atrás. Torna atrás e indio, lobo. Lobo e india, sambayo. Sambayo e india, cambujo. Cambujo y mulata, alvarazado. Alvarazado y coyote, barcino. Barcino y mulata, coyote. Coyote e indio, chamiso. Chamiso y mestiza, coyote mestizo. Coyote y mestiza, ahí te estás". Y así concluye el mestizaje de todo el continente americano.

Blancos, indígenas y negros, se unieron cultural y étnicamente para siempre, en lo que fue un exceso de originalidad de estos trópicos exuberantes. Pero, a pesar de esos cruces raciales y étnicos tan fluidos, lo que se juntó en la hamaca o en la mecedora, no se amarró necesariamente en la cultura. La fusión fue más bien epidérmica, al punto que las variadas culturas españolas, indígenas y africanas que habitaron originalmente estas tierras, no se integraron en lo más profundo de esos úteros amancebados y calientes, y esas tres culturas en discordia no fueron lo suficientemente fuertes, ni juntas ni separadas, para cimentar la conquista del valle de La Vega Real como un conjunto funcional, completo en sí, armoniosamente equilibrado, que es lo que ampara, encuadra y vigoriza la vida personal de los individuos.
  • ¿Y esa debilidad de la fusión cultural explica entonces que las instituciones siempre hayan sido tan débiles, a lo largo del tiempo, que hemos precisado de una eterna dosis de patriotismo?
  • Efectivamente. Como nada en la vida es perfecto, el hecho consistió en que las instituciones españolas de entonces, todas verticales, consideraban que había culturas superiores y culturas inferiores, pueblos superiores y pueblos superiores, hombres superiores y hombres inferiores, en lugar de culturas, pueblos y hombres diferentes, como sí lo creían o intuían los indígenas y los negros. Ni siquiera inventos tan majestuosos como hacer el amor en hamacas o mecedoras, donde el equilibrio es un signo de calculada y asimétrica equidistancia, con las cinco posiciones clásicas iniciales, fueron suficientes para integrar culturalmente al mito quijotesco del conquistador español con la calabaza indígena y con la potencia biológica y los panteones negros, nos recuerda Anastasio Frómeta.

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