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De la mar vivimos, también de la tierra. (Parte 1)

domingo 11 de agosto de 2019, 01:02h
“Todo autor es esclavo durante un momento de sus personajes porque ellos llevan en sí verdades atroces que merecían ser conocidas”. Roberto Arlt.

Cuando Mogavo Desiderio 2do, hijo carnal de dos esclavos negros oriundos de Dahomey que llegaron remando desde Africa, macerados previamente en España, aprendió a los cinco años las primeras palabras del castellano, se maravilló por la ternura de este nuevo idioma, de sus suaves voces, de sus canciones de cuna llegadas en susurros de no se sabe dónde, y esta fue su primera canción de cuna, en recuerdo de su tata, que murió a latigazos, ante sus ojos por ser un negro cimarrón alzado en rebeldía, y que su mama Ana Delphine 1ra. cuando le mecía en su hamaca de pobreza, le cantaba con su voz grave, para que durmiera mucho y no olvidara a su tata, Mogavo Desiderio 1ro: nunca, nunca, nunca.

"quién de tu vida borrará,
mi recuerdo y te hará olvidar este amor,
hecho de sangre y dolor,
pobre amor que nos vio a los dos llorar
y nos hizo también soñar y vivir,
como dejó de existir,
hoy que se ha perdido déjame recordar,
el fuerte latido del adiós del corazón que se va,
sin saber a donde irá,
pero sé que no volverá,
este amor,
pobre amor de mi negrito,
del lejano Dahomey
Bébete mi niño este jugo de caña caribeña
para que crezcas fuerte como tu tata
que solo así podrás sobrevivir,
con tanto trabajo que hacer".

Y no bien terminaba su mamä Ana Delphine de cantar la última estrofa dedicada a su negro y potente hombre, Mogavo Desiderio 2do. un enano todavía se sentaba sobre sus piernas y le pedía su canción preferida. “ Y ahora mamá Ana Delphine, cánteme mi canción predilecta, mi nana, mi luz de luna, esa canción que me recordará siempre a mi tata, esa es la que más me gusta escuchar antes de dormir: luz de luna, por favor, esa canción que usted le cantaba siempre a mi tata, antes de que tata se fuera donde sus panteones mandingas, a visitar su mundo del más allá, para no regresar a este infierno de caña y alcohol donde la mano de obra debe disponer de gran corpulencia física y de mucha comprensión, que para eso nadie mejor que nosotros”. Y ahí comenzaba otra vez a cantar la voz de su mama complaciente:
  • " Yo quiero luz de luna para mi noche triste
para sentir divina la ilusión que me trajiste
para sentirte mía
mía tú como ninguna
pues desde que te fuiste
yo no he tenido
luz de luna
pues desde que te fuiste
yo no he tenido
luz de luna
Yo siento tus amarras como garfios como garras
que se ahogan en la playa
de la farra y el dolor
y siento tus cadenas arrastrar
en mi noche callada
que sea plena lunar
azul como ninguna,
pues desde que te fuiste
yo no he tenido luz de luna
pues desde que te fuiste
yo no he tenido luz de luna
Si ya no vuelves nunca
provincianita mía
a mi selva querida
que está triste y está fría
al menos tu recuerdo
ponga luz sobre mi bruma
pues desde que te fuiste
yo no he tenido luz de luna
pues desde que te fuiste
yo no he tenido, luz de luna”.

Y de esa manera, noche por noche Mogavo 2do. se dormía en su regazo. Entre tanto Ana Delphine no “perdía de vista que la isla continuaba despoblándose lentamente, a pesar de lo cual los españoles mantenían intacta su organización social: la que separaba al grupo de primera de aquellos, que teniendo linaje, habían perdido por su pobreza, el derecho a figurar entre los funcionarios del Estado y que serían los hombres de segunda categoría. Más abajo quedarían los colonos españoles, gentes de trabajo, labriegos, comerciantes menores, artesanos y soldados; y por último los indios y los negros esclavos, formarían los ciudadanos de cuarta categoría. A mayor pobreza del medio más nítida se hacía la separación entre las familias de primera de las familias de segunda”, porque los de tercera y sobre todo los de cuarta, socialmente como siempre sucede, apenas se mencionaban. Los de primera aseguraron así la exclusividad de relaciones con los altos funcionarios de España. Y con el paso del tiempo y de las nuevas y futuras generaciones, la separación de las familias de primera y de segunda se había arraigado en la fuerza de las costumbres. Los de primera descendían de aquellos que llegaron con el séquito de doña María de Toledo o de los que vinieron de España más tarde como altos funcionarios.

“Eran tal la pobreza y el abandono, nos dice Mencía 3ra. que familias de primera podían vivir en una casa pobre, sin ajuar, y aún sin ropas suficientes, pero pertenecían al grupo de primera por tradición y aunque mantenían amistad con familias de segunda, no tendrían relación con ella en un acto público, en un sarao y ni siquiera en las pocas iglesias que existían”. “Era muy frecuente, lo recuerda Ana Delphine en la 4ta. generación de negros de esta tierra, que las familias de primera y de segunda se formaran sin el vínculo matrimonial, por simple unión libre o amancebamiento. No hubo división racial, porque te repito que los españoles de entonces al igual que los demás pobladores, no eran racistas sino polígamos, y las tres razas fueron mezclándose en medio de la pobreza general, polígama y tropical. Lo único que perduró fue la división de castas” y también naturalmente el reino de las hamacas y de los catres. “Se podía ser rico o pobre, mestizo o mulato, y ser, sin embargo de primera; se podía ser igualmente rico o pobre, mestizo o blanco, y ser de segunda. Y por ninguna razón se admitía entre los de primera a uno de segunda. La división en castas fue lo único permanente en todos esos siglos, tradición que persistirá siempre, en los siglos posteriores en las clases más ricas”.

Desde entonces, más fácil entra a ese círculo de primera, un elefante por el ojo de una aguja, que un hombre de segunda, y menos aún un negro. Aun ahora es burlescamente cierto cuando estamos incluidos ya en un ambiente postmoderno que nueva vez lo está permeando todo, con tal de que deje plata al bolsillo. De esta forma, también en el valle de la Vega Real, con tierras de alta calidad, España perdió su rumbo inicial, se extravió en su propia aventura cultural y esta isla tan fértil se convirtió en tierra de paso, con personajes centrales divididos en castas. Desde entonces comenzamos a sufrir con fuerza de pesimismo congénito, ante esa sensación de abandono por parte de España y más tarde de otros imperios. Y como sabes una persona socialmente abandonada sufre dos veces: primero, necesariamente de desamor y luego, más tarde, se organiza a desgano, en un dejar pasar y un dejar hacer: así todo le llueve. Y así se nos pasó el tiempo en este rico valle: "plátano maduro no vuelve a verde y el tiempo que se va no vuelve".

Comenzamos a vivir de la tierra y también del mar, a aprender a sobrevivir muchas veces ganados por la rutina, opina con voz tristona Anastasio Frómeta 4to. ya blanco en canas. Un poco de España, un poco de Africa, un poco de indígena, una recreación de cinco siglos, dieciséis generaciones de treinta años en constante discenso, todos permeados por la religiosidad popular, que popular aquí viene de pobre, que la única salida posible siempre es popular, es pobre, que la pobreza es un arte y un estilo propio del criollo, del que se quedó aquí; es ese reflejo fantástico, ilusorio, en la mente de las personas de cuales son las fuerzas naturales, sociales y divinas que nos guían en su vida cotidiana y de que si señor, se llegará a puerto gracias a esas dichosas externalidades aún sea con el auxilio de las gaviotas.

Gracias a Dios y con el auxilio de las gaviotas de qué buena manera nos pueden conformar nuestras conductas religiosas.

Nuestra pobreza triangular se fundó a través de la idea de la fe en medio del azar. El azar era entonces, lo sigue siendo ahora, la mejor idea de consenso de toda la sociedad española, pobre o rica y del propio Estado Virreinal, que siempre ha sido así y lo es más desde que se nos ocurrió tener un Estado nacional de criollos soñadores y repetirnos una y otra vez casi siempre en círculo. Todos los códigos de la sociedad civil han sido permutados por esa idea tan externa. Pero es apenas un gran eslabón de vida, un globo de ensayo. Vivimos en la anomía social de sociedades pobres guiadas por otras muchas, a veces demasiadas externalidades: Dios, Poder, Dinero. etc.

A partir de entonces hemos vivido condicionados por las normas del azar que enlazan con todos esos valores nuestros. Desde la antigua plantación hasta el moderno hostal Jaragua, con su spa de cinco estrellas sin escalas: la planificación del azar en nuestras clases pensantes nos guía por conducto de sus escritores, en todos los siglos y sobre todo en pleno siglo XX hacia la planificación posible de nuestra gobernabilidad, aunque siempre sin debatir nada: una vez quisimos vivir con un Estado propio, quiéralo o no, que por ahí viene caminando la Libertad de mercado a la dominicana, donde el mandado y el mandato siempre venido de muy lejos, es de muy fácil aplicación local, sobre todo si hay una pequeña atención financiera: una coima.
  • Abuelo, por fortuna, españoles, negros e indios, nos recuerda Don Pedro Mir, “encontraron aquí tierras fértiles, empapadas de lluvias torrenciales, recogidas por las montañas más altas de las Antillas. Clima ardoroso. Grandes ríos. Para muchos un paraíso, sin una pizca de nieve, ni de frío. Era entonces una isla bastante poco poblada, y los pobladores no pasaron por experiencias colectivas de hambre. Con los cielos y los mares de un azul nunca visto antes, los hombres europeos y africanos iban a descubrir simultáneamente un sinfín de frutas, aves, peces y animales de nombres extraños y desconocidos: manioc, patata y batata o aje, ajíes o chiles, tomates, ananás, aguacates, mangos, guayabas, maíz, guajolotos, otomíes, y otros cientos de cosas con sabores, aromas y colores inimaginables, a los cuales se adaptaron con maravillosa presteza”.

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