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María de Toledo y otros afortunados. (3ra Parte )

viernes 19 de julio de 2019, 21:21h
“Nada es real si no lo escribo” Virginia Wolf
Y fue así que los primeros negros de esta isla se fueron desvinculando, poco a poco, de sus orígenes africanos hasta que se desvincularían mentalmente inclusive de su propia geografía. Ahí en ese preciso momento comenzaron a morirse en nuestras cabezas nuestras jirafas, leones y elefantes que habíamos traído desde África. Cómo negro híbrido ¿Puedo decir por el momento algo más? Tal vez que apenas este podría ser y es la primera parte de un largo relato. Lo cierto es que el negocio del azúcar comenzó a desaparecer y fue sustituido por el negocio de los metales preciosos. Y ese fue el fin de Don Diego como hacendado de azúcar.

“Créeme, necesitaba transitar por este largo camino de confianza y uno termina por cansarse de vivir solamente con formas furtivas y despreciadas de felicidad humana”. Podría con una sola palabra, romper con este primer noviazgo silencioso de nuestros primeros antepasados que vinieron por el mar y que iniciaron el negocio azucarero. Pero entonces cometería un grave error. Te prometo que voy a tratar, en las próximas historias, si me es posible, ya como Anastasio Frómeta, ya como Mencía o ya como Mogave Desiderio, ya como el primero de nuestros abuelos españoles, ya como un criollo cualquiera, relatar en voz baja, en el tono más discreto posible primero la vida de los indígenas- que fueron los reales descubridores de estas islas, a las que habían llegado desde Sudamérica, desde Venezuela, muchísimos siglos antes que los otros, españoles y africanos, en nuestra nunca olvidada yola.

Lo único cierto y verdadero, es que desde entonces también los tres pudimos ver, todos juntos, el mar por primera vez y el mar junto al sol, y reconocer que nuestra gente sería, con la integración de los indígenas, un producto de tres razas importadas. Por el mar llegan con tardanza dos de los tres, con tardanza lo reitero y aquí nos recibieron indígenas muy inteligentes hace apenas cinco siglos. “Hubiera preferido tal vez una pobreza menos triste y austera, en armonía con la existencia de quién se esfuerza por un desear vivir.

Este valle, no lo niego, lleno de felicidad carnal y enorme despreocupación, me inspira desde entonces, al mismo tiempo desconfianza y turbación. Digo esto, porque el valor, auténticamente verídico, consiste en dar razón a los acontecimientos, cuando no podemos cambiarlos".

Permíteme pues al caminar por el paso de los siglos, seguir el rastro de la pobreza más allá de mi imaginación y tal vez, mucho más tarde, cuando llegue al final de este túnel actual de la pobreza moderna, te pueda prometer mucha felicidad a través de mis relatos, quizás cuando podamos o intentemos transitar por los cuatro puntos cardinales y estaciones de estos relatos de familia en quinientos años de existencia, agregando, eso sí, por desgracia, que morí a mediados del siglo XVI, dejando a Doña María de Toledo en un colapso emocional. Cuando ese hecho sucedió, “la población era apenas ya de treinta y cinco mil personas, de una población original de trescientas mil almas, según algunos, de cien mil según otros, incluyendo a indígenas y negros”.

Así es mi querido nieto, que la isla de Santo Domingo comenzó a despoblarse y a empobrecerse, y que en muy pocos lustros no era más que una colonia prácticamente abandonada en sus setenta y cinco mil kilómetros cuadrados. La competencia, esa dichosa y siempre viva acompañante en todas mis etapas y vidas de pobreza, motivó cincuenta años más tarde, el traslado forzoso de la población y del ganado de la parte más próspera de la isla, - conectada ya con el resto del mercado europeo -, hacia la parte centro sur de la isla y que se conoce como las devastaciones de Osorio, y te podrás imaginar desde ya algunos de nuestros posibles resultados en el mediano y largo plazo.

Recuerdo bien que había hombres de palabra por doquier, hombres de palabra por todas partes. Siempre ha sido muy criollo contar con demasiados hombres de palabra. Sin un centavo en los bolsillos pero plena de hombres de palabra. A falta de pan casabe. A falta de dinero en los bolsillos, hombres de palabra a granel. Y viceversa: hombres con palabra y también hombres sin palabra. Casualmente, esta isla colonial española comenzaría a medrar desde entonces y para siempre con sus hombres de palabra y con sus hombres sin palabra, y se quedó a la defensiva, desde el momento en que se produjeron las devastaciones de Osorio, definitivamente nuestro más audaz hombre de palabra de su tiempo, precisamente en su parte norte, con tierras muy ricas en cabezas de ganado y maderas y entonces la población fue forzada sin miramientos a migrar a otros territorios del sur y del centro de la isla, donde el comercio era bastante insignificante y la gente muy poco motivada para los negocios de los hatos florecientes y de las haciendas de la zona norte. Hasta nuestros días.

Y desde entonces y a pesar de sus fallas sísmicas, el garbo productivo del cibaeño de la zona norte, su feeling de hombre de trabajo probó desde entonces que su laboriosidad viene de muy lejos, exactamente desde el momento mismo cuando tuvo que comenzar a sacar de abajo con todas sus fuerzas con tal de resistir el rudo transplante. La conquista de otros territorios en el continente americano más ricos en oro y de mayor población que la nuestra había inducido en parte la despoblación de la isla. El señor Osorio apenas le puso la tapa al pomo.

Era cierto que en México y en Perú el oro aparecía en vetas jugosas, además de otros metales: allá la población era de varios millones de habitantes, que podían utilizarse en labores agrícolas, ganaderas, tala de maderas preciosas y en la construcción, a lo que se añadía un arte muy refinado en las finas artesanías. “En la Española quedaron solo algunos colonos labriegos, y unos pocos artesanos o pequeños mercaderes que se ganaban pobremente la vida con el esfuerzo de sus manos. Y aún entre estos, los que pudieron irse a México o Perú, o a Cuba, se fueron”. De esta forma, en apenas cien años desde la llegada del Gran Almirante, nos convertimos en una isla de pobreza abandonada, sin su importancia inicial y los ricos valles quedaron atados desde entonces a haciendas y hatos empobrecidos, donde apenas sé autoconsumía lo que se sembraba. Rulo y rulo, llegado desde África.

Desde entonces, siempre hemos pensado que el plátano ha sido un gran amigo del mestizaje dominicano. Al menos, fue nuestro primer gran aprendizaje en el arte de sobrevivir con pocos recursos y que nos ha permitido a tantos criollos afirmar en tiempos y siglos tan distintos: “Caliéntate un plátano para la cena, mamá linda, o mejor todavía hazte un mangusito con un escabeche de cebolla y ajo mi amor.” Rulo y rulo y como no existían intercambios comerciales entre las haciendas, los españoles de tercera categoría social, como yo, Anastasio Frómeta, al igual que los indígenas y los negros, de cuarta categoría social, no migrábamos. Nacíamos, crecíamos y moríamos en las haciendas, nuestro espacio vital. Ahí, en esas haciendas, junto a una sólida sensualidad, se unieron el sexo, el idioma español, los primeros cimientos de nuestras actuales creencias sobre el mundo, nuestras primeras fiestas y bailes, nuestros gestos y movimientos culturales en la música y el canto, nuestros primeros pintores y artistas, expresados abierta o soterradamente, como una primera prueba de integración cultural.

Y dentro de todos ellos, también se reprodujo el estricto sistema de castas traído por los españoles y con ello la vida cultural de este virreinato dirigido inicialmente por Doña María de Toledo con sus mil hermosas maneras femeninas. “El dueño de la tierra, al igual que en España, hombre de primera categoría social, no trabajaba. Inclusive muchas veces ni vivía en la isla. Para ello designaba a un administrador, un español de segunda categoría, que dirigía aquí las labores de siembra y reportaba resultados muchas veces por cartas bianuales. A su vez, el administrador, de levita, nos designaba, a capataces y vaqueros, españoles de tercera categoría social en España, para emplear a los indígenas que sobrevivieron y a los negros sustitutos, que serían los ciudadanos de cuarta categoría.”

Entretanto, el diario vivir de Don Diego sería sus haciendas y hatos en vías de quedar empobrecidas, con la ilusión de tiempos mejores, de vacas gordas, que eran casi siempre fenómenos fugaces. Y el de Doña María, junto a Nicolás de Ovando, la gestación de una ciudad con sus primeras calles coloniales, peatonales, hasta que una enfermedad incurable y repentina los separó, y Don Diego Colón fue enterrado en el Alcázar a mediados de 1550. Tuvieron siete hijos, uno de ellos negro en adopción, y la mayor parte de su matrimonio vivieron en habitaciones separadas. Ya sola y viuda, siempre muy hermosa y una mujer madura, llena de bríos con apenas treinta y nueve años, con una enorme ascendencia y hermosas maneras pero ya sin ningún Poder para gobernar en la isla, a los cinco meses de la muerte de su cónyuge, tuvo que regresar a España a poner en claro sus ideas y su real fortuna.

Fue una verdadera flor con olor que pasó por esta isla encantada, con sus silencios y sus virtudes, y nadie, absolutamente nadie que no fuera un tarado la ha podido olvidar. Los tarados gustaba decir Doña María de Toledo siempre existen para que la vida sea más placentera para las personas que gozan de buen humor, que por suerte son muchas. Pero se fue, se marchó, se tuvo que marchar, sembrando en este trópico exuberante su fragancia de mujer de clase alta, su olor a distinción y a exquisitas maneras, que gracias a ella, jamás se perdería en esta isla. Y fue entonces que ella se perdió de vista para siempre, con sus seis hijos y su negrito en adopción, no sin antes tener que soportar estoicamente en las Cortes, ahí donde le podía doler, la sucia especie de que el negrito no era adoptado sino propio. Lo que va viene, se dijo, con piel de lagarto sin importar que el reencuentro sea algo brusco y hasta ordinario. Y allá vivió el fin de sus días en su Patria Madre, en su Patria Grande dentro de los rituales de la nobleza de su siglo, pero con su mente puesta siempre en esta gran isla del Caribe, llena como estaban sus poros de esta isla al igual que cualquier dominicano ausente de ahora: llena de recuerdos gratos hacia New York, Madrid, París etc.

Es como si Doña María de Toledo inaugurara el primer ciclo de los primeros dominicanos ausentes, por vía de la Madre Patria desde el más lejano entonces. En una palabra, ella fue además por el lado español nuestra primera versión de la clase alta, nuestra primera gran dominicana ausente con clase, realmente con mucha clase, que se quedó a vivir en su castillo español sin poder olvidar cuan grata y placentera fue su vida en esta pequeña isla del Caribe donde nacieron y se criaron aplatanados todos sus seis hijos y su negrito en adopción, como le había anticipado aquella gitana del Sur que leyó su mano en una playa andaluza.

Ya con la cabeza blanca en canas lo recuerda: “De alguna manera, toda vida narrada es ejemplar; se escribe para atacar o para defender un sistema del mundo, para definir un método que nos es propio. Y no es menos cierto que por la idealización o la destrucción deliberadas, por el detalle exagerado o prudentemente omitido, se descalifica casi toda biografía: el hombre así construido sustituye al hombre comprendido. No perder nunca de vista el diagrama de una vida humana, que no se compone, por más que se diga, de una horizontal y de dos perpendiculares, sino más bien en tres líneas sinuosas, perdidas hacia el infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue”.

Desde ese punto de vista Doña María de Toledo supo muy bien que en resumidas cuentas ella fue una mujer sumamente afortunada al ser una de nuestras grandes precursoras del buen gusto de la época colonial en esta isla caribeña, en esta dichosa aventura tropical. Tal cual lo había previsto aquella gitana que leyó su mano y le anticipó su futuro en una playa desierta de su amada Andalucía, algunos años antes de su viaje a las antípodas caribeñas y que se lo dijo apenas en un susurro bien, pero bien apagado: “Tu también serás una precursora de la suerte y del destino, pero no en tu país sino allende de los mares, en los trópicos de Caribe. Y en ese camino serás feliz”.


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