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Impacto cultural del jazz en República Dominicana

martes 19 de febrero de 2019, 22:49h
A comienzos del siglo XX, las ocupaciones militares estadounidenses en el Caribe a menudo trascendieron la Primera Guerra Mundial, permaneciendo las tropas mucho tiempo en algunos países, como ocurrió en República Dominicana. También, trascendieron sus fines inmediatos, dejando impactos perdurables en cada país.
En el caso de la música dominicana, uno de ellos fue la continuidad del jazz, fenómeno que, en lo inmediato, estuvo acompañado de contradicciones. Aunque fue visto como parte de la invasión de Estados Unidos y, por tanto, como una de sus secuelas, también se le percibió como un atractivo factor musical.

Por un lado, la presencia musical y cultural estadounidense no fue bien vista por los patriotas que luchaban por rescatar la soberanía nacional, para quienes las tropas, al retirarse, dejaron “un ambiente musical americanizado, un alienante gobierno del baile, un imperialismo saxoamericano y una sociedad simiescamente ayanquizada”, como escribió en 2008 el historiador Darío Herrera. Entre otras cosas, argumentaron que los géneros musicales estadounidenses (y algunos hablaban de toda la música foránea) competía con la música bailable nacional.

Por otro lado, parte de la elite y la clase media urbana acogió con beneplácito los ritmos que llegaban de Estados Unidos, que circulaban en discos y se escuchaban en radios, fonógrafos o victrolas. Los intelectuales nacionalistas planteaban que esta situación actuaba en detrimento de las músicas vernáculas, mayormente practicadas por las clases populares y usualmente aborrecidas o menospreciadas por los grupos sociales que justamente eran las audiencias de los nuevos sonidos que llegaban del Norte.

Paradójicamente, mientras en Estados Unidos los blancos despreciaban la música de los African American, en República Dominicana una parte de la elite dominante, pese a tener un fuerte prejuicio racial, le daba la bienvenida asociándola con la modernidad de la cultura norteamericana.

En ese sentido, en opinión del musicólogo Paul Austerlitz en 2005: “La Ocupación Militar Norteamericana provocó el sentimiento ambivalente de toda situación colonial: atracción y resistencia”. Ambos estados de consciencia se manifestaron hacia el jazz.

La sociedad dominicana de entonces experimentaba múltiples contradicciones, básicamente centradas en las íntimas conexiones de las nociones de clase social con las de raza. En gran medida, lo racial era parte de la idea de clase social. Las visiones sobre lo musical estaban mezclas con las ideas sobre grupos sociales y raciales. Ese imaginario atravesaba las nociones de tradición y modernidad, instaladas en el debate de la época.

En ese contexto apareció el jazz en las salas de baile y surgieron los jazz bands en República Dominicana. Estas se expandieron rápidamente, sobre todo luego de la salida de las tropas del territorio nacional.

Según las memorias del compositor Luis Alberti, entre finales de la década de 1920 y principios de los años 1930, en el país hubo siete jazz bands repartidas en tres ciudades: en Santo Domingo, las de Félix W. Bernardino, Pirín Peynado, Billo Frómeta y Luis Pellicot; en La Romana, la de Luis Herrero; en Santiago de los Caballeros, la de Ramón Echavarría Lazala y la suya propia.

Diversos pensadores objetaron la presencia del jazz viéndolo como ejemplo de invasión cultural, o bien considerándolo “música de negros”, mientras otros lo aceptaban asociándolo con la modernidad, pugnando para que la sociedad se encaminara hacia procesos de modernización.

Después de la ocupación militar, muchas personas en República Dominicana vieron el jazz como un marcador de estatus social y, de hecho, toda la música estadounidense “se había convertido en signo de buen gusto entre la elite urbana”, según escribió en 2008 el historiador Frank Moya Pons. Aún hoy, se tiene la percepción de que el jazz forma parte de la cultura de elite. En el país, pese a que fue una música creada y desarrollada por negros, el jazz fue visto como música de blancos. “Esta paradoja es central a la historia del jazz en la República Dominicana”, diría Austerlitz en 2012.

Toné Vicioso, un guitarrista que ha tratado de reconectar el jazz y la música de ascendencia africana en la isla, lo expresó de este modo en 2012: “Ese es uno de los problemas que trae el jazz (…) hay que recordar que el jazz nace de las calles en Estados Unidos y aquí el jazz es un símbolo de estatus. Lo oye la gente más pudiente, normalmente. El jazz que entró aquí era un jazz más refinado, entonces se convirtió en algo de estatus. Hasta entre los mismos músicos se dice que el músico que no oye jazz es un músico menor, y sin embargo, los jazzistas de allá son vagabundos de calle”.

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