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Muertos de la risa.
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Muertos de la risa.

Muertos... de la risa

Relato de Giovanny Cruz Durán

«A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd».

Alphonse de Lamartine
Aquella noche era fresca, lo que no era algo habitual en las provincias del Sur de la República Dominicana, excepto en San Juan de la Maguana. Así es. El clima es regularmente agradable en San Juan, considerada el granero del Sur. La región donde sitúo este relato, antes de la llegada de los colonizadores españoles, pertenecía cacicazgo de Maguana, en el que era un poderoso cacique el taíno Caonabo, nunca vencido en combate por los españoles, y quien fuera esposo de la hermosa e inteligente Anacaona, cacica de Xaragua, primera mujer juzgada, sentenciada y ahorcada del Nuevo Mundo.

Sí. Era fresca aquella noche sanjuanera. Mucho más en el lugar donde se encontraba Nicole Mella: en la funeraria más importante de toda la provincia. Es algo curioso, pero por más calor que haga en cualquier pueblo del Caribe son frías sus funerarias.

Nicole Mella era una menuda muchacha pueblerina de agraciada e ingenua carita redonda. Ella misma aseguraba ser “una carajita de lo más encantadora”.

No estaba muy segura de lo que hacía en aquella funeraria. Probablemente fue una broma de sus amigos que la llevó hasta allí, aunque no recordaba todas las circunstancias. Recordaba, sí, haber bebido bastante la noche anterior acompañada de su novio, familiares, amigos y amigas. Participaba en una divertida y concurrida despedida de solteros: la suya. Efectivamente, al día siguiente se casaría con el único hombre que en verdad había amado en su corta vida: Miguel Paulino.

Lo conocía desde muy pequeña. Habían estudiado juntos, vivían uno al lado de la otra, se hicieron novios de personas distintas prácticamente al mismo tiempo, rompieron con sus respectivas relaciones en la misma semana y se enamoraron y comprometieron en su único tiempo disponible. Ambos estudiaron en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Él Veterinaria y ella Agronomía. Aunque ambos tenían apenas unos meses de graduados, ya trabajaban en las modestas empresas de sus respectivas familias. Decidieron casarse temprano para “no desperdiciar mucho tiempo de sus vidas”.

Nicole suponía haber bebido bastante en la fiesta de despedida de soltera, que se emborrachó y que el novio y los amigos decidieron hacerle la macabra broma de abandonarla en la funeraria donde ahora se encontraba. Era algo que ella misma había hecho a otras amigas en circunstancias semejantes. No tenía miedo. Claro que no.

—Los muertos impresionan, pero no pueden interactuar con los vivos —siempre decía la muchacha a sus relacionados.

Al menos eso creía, o deseaba creer, en aquellos momentos. No sabía la hora que era porque, al parecer, había perdido su reloj en la juerga en la cual participó. De pronto escuchó una risa que por poco le congela la sangre en el interior de sus venas. Todo estaba oscuro, muy oscuro, había un silencio como de muerte y de repente éste es interrumpido por la risa escalofriante de un... vivo.

Así es. Un joven, bien vestido y sentado en una silla de uno de los salones fúnebres, se reía hasta desternillarse. Después de la impresión de la sorpresiva risa, algo le hizo confiar en aquel agradable joven. Definitivamente, muerto no estaba. Alguien que reía como él no podía estar muerto. ¡Vivo! ¡Muy vivo estaba aquel tipo! ¿Peligrosamente vivo? Se le acercó despacio. No quería que él, suponiendo que ella fuese un cadáver, muriera de un espanto y, luego, la matara a ella del susto que se llevaría al tener un muerto frente a ella… ¡en una funeraria!


—No vayas a asustarte. Aunque te parezca raro... no soy un fantasma... —dijo la menuda muchacha a manera de presentación.
—¡Pues yo sí soy uno! —fue la estúpida respuesta de aquel joven.

—¡Queeeeeé! —casi muriendo de miedo gritó Nicole Mella. Pero antes de que cayera desfallecida en el piso, el joven explicó...

—Bueno... lo estaba... quiero decir... que lo estaba... pero que ya no lo estoy... creo. Creo que nunca lo estuve, pero parecía estarlo…

La turbación era grande. Sin embargo, inexplicablemente, en lugar de aterrarse los dos volvieron a reír.

—Bueno, hermano, usted va a tener que explicarse rápidamente antes de que me orine de terror aquí mismo.

—Lo haré. Lo haré antes de que vayas a mearte en un salón elegante de una funeraria. De ningún modo queremos eso. Ocurre que desperté de repente en el cuarto frío de este lugar rodeado de cadáveres verdaderos. Pensé que alguna broma de amigos me había traído hasta aquí; pero, me dije, que ninguna persona que me estimara me abandonaría vivo en un cuarto frío, donde existía un alto riesgo de congelarme y morir de verdad. No tengo enemigos, que yo sepa, y estoy vestido como para una boda... o como para un entierro. Eso me hizo concluir que seguramente me morí en realidad y he revivido.

—¿No se te ocurrirá decirme ahora que eres Lázaro o Jesús regresando del mundo de los muertos aquí en San Juan de la Maguana? —dijo un tanto divertida la encantadora Nicole.
—No soy tan engreído para creerme igual a esa gente —respondió el joven—. Lo que pienso es que sufrí un ataque de catalepsia. Mi familia pensó que estaba muerto y se dispuso a velarme y a enterrarme. Ahora soy un muerto revivido que en realidad nunca estuvo muerto. Al menos no bien muerto.

Nuestros agradables jóvenes guardaron un silencio ritual por unos segundos y luego rieron otra vez desternillados.
—¿Imaginas el susto que se llevarán los empleados de la funeraria, tus familiares, amigos y allegados cuando descubran que su muerto y llorado está muy vivo?

En realidad el asunto resultaría complicado de explicar o digerir. Hay personas, en casos semejantes, que han muerto del corazón fulminados por un infarto. De todos modos, seguramente, nuestro “difunto” prefería estar vivo que preocuparse ahora por el impacto que produciría la noticia entre aquellos que volverían temprano a llorarlo, a rezar y luego a enterrarlo en una caja gris no muy lujosa.

—¿Y cómo lograste salir del cuarto frío? —preguntó Nicole.
—Por la puerta —tontamente respondió el muerto resucitado.
—¡Idiota! Claro que saliste por la puerta. Pero... ¿cómo? —preguntó otra vez Nicole en medio de su inextinguible risa.

Aquel Lázaro sanjuanero, por más esfuerzo que en ese sentido hacía, no lograba imprimirle seriedad a sus respuestas y de todo, también, con la muchacha a su lado, se reía.

Explicó alegre, a la jovial Nicole, que la puerta del cuarto frío donde debía congelarse no tenía el seguro y pudo salir de la fría habitación sin ningún problema. Supuso, en medio de su risa, que dejaban la puerta del cuarto frío sin seguro por si un muerto deseaba irse a dar una vuelta por ahí antes de ser enterrado.

—Bueno, hermano, vaya preparando un buen discurso. Palabras muy precisas va usted a necesitar —dijo la divertida Nicole.
—Por supuesto. Pero no pienses que lo tuyo va ser fácil de contar. ¿Haber amanecido acompañada de un fantasma no es algo que pueda ser fácilmente explicado y aceptado por los tuyos. A propósito ¿cómo te llamas? —preguntó el “resucitado” a la jovenzuela con la cual compartía aquella funeraria.

Nicole extendió su mano derecha para protocolariamente presentarse; pero no pudo hacerlo porque las dos mujeres de la limpieza acaban de entrar en el salón donde ella y el “muerto” se encontraban. A Ambos les sorprendió bastante que las dos mujeres ni se inmutaran por la presencia de ellos dos. Pero como estaba en el rinconcito más apartado del salón, era probable que aquellas dos mujeres…

—Laura, empecemos por limpiar las cajas. Los familiares de los recién casados están a punto de llegar a llorarlos —dijo la más gorda y mayor de las dos mujeres.
—Una ha visto muchos muertos aquí y está acostumbrada; pero este caso nunca lo vamos a olvidar. ¡Empezar una pareja su luna de miel y perder pendejamente la vida porque explotara el tanque de gas propano que, para economizar, le instalaron a su camioneta! ¡Una pena! ¡Este mundo es una porquería! —dijo la otra mientras lanzaba un escupitajo en el suelo, al que enseguida pasó un paño húmedo.

Nicole y aquel joven se miraron. ¿Habrían acaso comprendido que ahora su destino era permanecer juntos hasta que... sus reencarnaciones los separen? Cabe pensar que no, porque él hizo un simpatiquísimo y tonto chiste a costillas de la joven:
—¿Tú sabes lo que se les suele decir a las Nicole? Ni col, ni lechuga, ni tomates, ni berenjenas...

Y volvieron... a morirse de la risa...¡Telón!
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