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México lindo y querido

lunes 21 de septiembre de 2020, 05:48h
Cincuenta años después, cuando ya no pude postergar por más tiempo la decisión de escribir unos cuentos de familia, retomé algunos sueños, vivencias y fantasías de la época. Escribí para rescatar la memoria del pasado y sobrevivir a mi propio espanto. No sospeché que el espíritu benéfico de mi propia abuela protegería estas páginas, acompañándolas en su tránsito por el mundo”. Isabel Allende.


Cincuenta años después, cuando ya no pude postergar por más tiempo la decisión de escribir unos cuentos de familia, retomé algunos sueños, vivencias y fantasías de la época. Escribí para rescatar la memoria del pasado y sobrevivir a mi propio espanto. No sospeché que el espíritu benéfico de mi propia abuela protegería estas páginas, acompañándolas en su tránsito por el mundo”. Isabel Allende.

Ya todo un hombre, viviendo en Méjico, Joselito Soto pudo constatar que los aztecas, al igual que nuestros taínos eran un pueblo que creía que los puntos cardinales eran cinco: norte, sur, este, oeste y centro. Las cuatro primeras direcciones se movían y al moverse, cambiaban la colocación y el significado del caminar humano: el centro, siempre igual a sí mismo, era el eje del universo. La dificultad consiste en encontrar ese centro. Nos movemos cada día con mayor velocidad y así nos extraviamos con mayor rapidez. Por lo tanto, lo que necesitamos los hombres modernos, para no perder la brújula, el centro, es quedarnos quietos desconfiando de los hombres y de las obras que pretenden mostrarnos el camino recto. Efectivamente, lo que fue centro deja de serlo en la medida que nos movemos. Dos pasos al este o al oeste, y todo cambia. Quedarnos quietos significa no inventar nada que esté fuera de la lógica colectiva. Jamás llevarle la contraria.
  • El avión de Mejicana de Aviación se acercó a la capital mejicana, una ciudad gigantesca de veinte y dos millones de habitantes, sencillamente planeó sobre los tejados y casi en vuelo rasante enseño sus vestimentas, las ropas y las sábanas tendidas de millones de familias del Distrito Federal de Méjico durante una larga media hora hasta que la pista del aeropuerto capitalino se hizo visible. Joselito había llegado a una ciudad tan grande, a una enorme megalópolis con tantas sábanas tendidas en sus tejados que comprendió desde el avión en un primer vistazo, que en una ciudad tan grande y desmesurada, entre tantas sábanas tendidas en los tejados cualquier cosa era posible.
  • Méjico, el sueño azteca. Ahí el criollo es un color y el mestizo una cultura. Ahí los hombres se dividen en dos: los que son saludables y los que no lo son. Ahí quien dice vida dice tiempo que queda por vivir razonablemente bien. Ese es el bien más valioso y, por hacerse cada vez más escaso, su valor aumenta con la edad. Ahí el pensamiento es relativo. Todo es relativo: ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. En Méjico la población mestiza representa un elemento de equilibrio del triángulo racial y cultural: a la mezcla del blanco y del indígena vino inmediatamente después la presencia del mestizo y en un segundo escalón la mezcla de los elementos resultantes. De este modo surgieron las castas coloniales mejicanas de las que pueden señalarse hasta dieciséis, porque casualmente dieciséis fueron las generaciones de estas tierras mejicanas donde la población indígena era y sigue siendo muy numerosa y que se mezcló del modo siguiente de siglo en siglo: Español e india, mestizo. Mestizo y española, castizo. Castizo y español, español. Española y negro, mulato. Mulata y español, morisco. Español y morisca, albino. Español y albina, torna atrás. Torna atrás e indio, lobo. Lobo e india, sambayo. Sambayo e indio, cambujo. Cambujo y mulata, alvarazado. Alvarazado y coyote, barcino. Barcino y mulata, coyote. Coyote e indio, chamiso. Chamiso y mestiza, coyote mestizo. Coyote y mestiza, ahí te estás.
  • En Méjico ante tantas mezclas culturales y raciales cuya base fundamental es el mestizo, todo es relativo: ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. Esa es la frase predilecta del hombre de la calle del Méjico moderno y todos los mejicanos se reflejaban culturalmente en el genio de Cantinflas, en una verborrea paradisíaca cantinflesca, porque sencillamente los mejicanos, con sus dieciséis cruces mestizos, culturales y raciales, son los creadores del propio Cantinflas. Ellos, todos ellos, son los creadores de un pensamiento y de una forma mágica de ver el mundo que llevado al cine es la quintaesencia del propio Cantinflas. Son geniales. Son Cantinflas. Es el Méjico lindo y querido de hoy: ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.
  • En realidad Joselito nunca había asistido a una corrida de toros en ningún país del mundo, hasta que hizo amistad con un joven boliviano, algo alemanófilo, amante de la fauna taurina, en el barrio colonial de Coyocán. Dio la casualidad de que René y Laura, dominicana, residían temporalmente emparejados en la famosa Casa de La Malinche, y en esa casona colonial, como es sabido, una indígena había sido seductora de colonizador y había hecho de Hernán Cortés a su aliado y a su amante, para que no hubiese dudas de que ella sería también cabeza de tribu. Y eso no era cualquier papita.

Mucho jazz, buena música brasileña y caribeña se escuchaba en la Casa de la Malinche donde vivía la pareja, y en medio de su espíritu colonial, con sus fantasmas a cuestas que rondaban por la casona, Joselito fue convencido un domingo soleado a acompañar a su amigo boliviano René a una memorable corrida de toros.

En esa faena el toro no pudo con el torero pero el torero tampoco pudo con el toro. Lomelín, que así se llamaba el torero lo disfrutó en grande. Dicen que después de la corrida Lomelín cogió una parrranda tan enorme que vociferaba que jamás volvería al ruedo, tal fue la perfección de la faena.
  • ¡Hoy conocí un toro de verdad! ¡Un toro que luchó para vivir! ¡Estoy más que satisfecho: mi vida como torero ha concluido! Gritaba como un loco desaforado.

Esta historia sobre la vida de un toro y un torero que terminaron respetándose, comienza pues cuando un avión de Mejicana de Aviación empieza a planear sobre los tejados de la ciudad más grande del mundo: la capital mejicana.

Durante media hora el avión sobrevoló lentamente la inmensa urbe, del sudeste al noroeste, planeando sobre los techos rojizos y opacos unas veces, plateados otras veces, de los edificios de una ciudad habitada entonces, hace ya treinta años, por 22 millones de mestizos, sino de cuerpo pues entonces de espíritu, que “por mi raza hablará mi espíritu”, menjurje mejicano mestizo que tenía comienzo y no parecía tener final. Tejados van, tejados vienen y cuando por fin el avión se acercó el aeropuerto la primera reflexión de Joselito que venía en ese vuelo, sería la siguiente: “en esta ciudad tan inmensa todo es posible, desde el absurdo hasta la genialidad”. Una ciudad tan grande, es el mejor lugar para esconderse de los propios fantasmas, en el anonimato más deseado: aquel donde puedes encontrar la soledad creativa en un ambiente muy intelectual.

En esos días Joselito acababa de conocer un libro de un pensador hindú famoso en todo el mundo: J. Krisnamurti que pensaba sobre los miedos de los humanos y el estado creativo de la mente. Y fue en Méjico, en el Distrito Federal, en la ciudad más anónima del mundo donde comenzaron a retumbar sus palabras en su mente:

“Señores, ¿hemos vivido alguna vez con algo, sin ninguna resistencia? ¿He vivido alguna vez con mi cólera, sin resistencia? –cosa que no es lo mismo que aceptarla, ya que esto implica meramente continuarla. Vivir con el enojo, conocer toda su naturaleza interna; vivir con la envidia, sin tratar de superarla, de reprimirla o transformarla, lo habéis intentado alguna vez?¿Habéis tratado alguna vez de vivir algo realmente hermoso, un cuadro, una vista encantadora, una magnífica montaña con una vista soberbia? Y, ¿qué pasa si vivís con ello? Pronto os acostumbráis, ¿no es así? Lo veis por primera vez y os da cierta sensación de libertad, cierta percepción y os acostumbráis a eso; después de unos días, se disipa. Mirad los campesinos en todas partes del mundo, viviendo en medio de maravillosos paisajes. Se han habituado a ellos. Y la miseria de las ciudades en todo el mundo, la suciedad, la mugre, la fealdad, la espantosa brutalidad que implican: a eso también nos acostumbramos. Vivir con la belleza o con la fealdad, y no caer nunca en el hábito: eso requiera una asombrosa energía ¿no es así? No dejarse dominar por la fealdad ni embotar por la belleza, sino poder vivir con ambas, requiere sensibilidad y energía extraordinarias. Y ¿puede uno hacerlo? Por favor pensadlo un poco, señores.
  • El problema de la energía es muy complicado. El alimento no da la energía de que estoy hablando. Da una energía de cierta clase; pero el vivir con algo, vivir con el amor, requiere una clase de energía del todo diferente. Y ¿cómo conseguirá uno esta energía, que es en esencia la energía, la naturaleza de una mente nueva? Por cierto uno la consigue cuando no hay temor, cuando no hay conflicto, cuando no queréis ser algo, cuando vivís totalmente, en forma anónima.

No sé si habéis tratado de vivir todo un día tan completamente que no haya ni ayer ni mañana. Eso requiere mucha comprensión del pasado. El pasado no es solo la palabra, el lenguaje, el pensamiento, sino también el mirar retrospectivamente hacia el ayer con todas sus raíces en el presente. Dejar el pasado irse por completo-los errores cometidos, las cosas falsas que uno ha hecho- dejar que se vayan todos los placeres, dolores y recuerdos: no se si lo habéis intentado alguna vez, simplemente dejar eso. Y no se puede dejar eso si hay pesar o placer en las cosas recordadas. Intentadlo algunas veces, no porque yo lo diga, ni porque esperéis conseguir una recompensa o tener alguna maravillosa experiencia: esto sería un intercambio, un trueque. Pero es realmente muy extraordinario que la mente, que es resultado del tiempo, se quede por completo atemporal”.

Cuando Joselito Soto visitó por primera vez la Casa de La Malinche, donde vivían sus amigos René y Laura, nunca pensó que podían coexistir en forma tan armoniosa el jazz, una corrida de toros y la Casona donde rondaban los fantasmas de cinco siglos de Hernán Cortés, conquistador de Méjico. De otra forma no encuentra ningún argumento para que un domingo soleado mejicano pudiera contarse entre los testigos de una historia única como esta: la historia verídica de un toro y un torero que lucharon por la sobre vivencia en pleno ruedo, que lucharon a muerte, cada uno por su lado, atentos a no perecer, a salvar su vida, a replegarse cuando convenía, a
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