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El abuelo sin tiempo en los países (Parte 2)

Por Antonio Sánchez Hernández
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antonioasanchezhgmailcom/16/16/22
http://antoniosanchezhernandez.com/
domingo 22 de diciembre de 2019, 12:26h
“Podemos cambiar, ser piedras o astros, si conocemos la palabra justa que abre la puerta de la analogía”. Octavio Paz
  • A mi edad los viejos se dividen en dos: los viejos simpáticos y los viejos sin gracia. La diferencia entre uno y otro es apenas tener un ahorro para no pesarle a nadie, ni a los hijos ni a los nietos, ni a la mujer. Para ser un viejo simpático me pasé media vida trabajando de factoría en factoría, pegando botones o vistiendo muñecos; tengo un P.H.D. en horas extras. Ahora lo disfruto...
  • Abuelo, permítame que termine de leer la carta de mi padre y luego nos vamos a la misa de las nueve. Después podemos irnos de pasada al jardín botánico. O si lo desea nos vamos a la playa, a Boca Chica, a comer yaniqueques con pescado fresco, que tanto le gustan"...
  • Perfecto. Pero antes, te voy a confesar tres cosas. La primera es que alguien escribió en algún sitio que el peor crimen era la falta de imaginación: el ser humano no se compadece de aquellos males de los que no tiene experiencia directa, ni de aquellos a los que el mismo no ha asistido; quizás por ello los humanos, imperfectos, se emparejan para complementarse, aunque las cosas puramente bellas son solitarias. Ahí radica la belleza de las ciudades grandes y anónimas. Si consientes en escucharme durante una hora es porque se suele ser indulgente con aquellos a quienes pensamos abandonar. Sólo se posee eternamente a los amigos de quienes nos hemos separado. La segunda confesión es que el sol de nuestras playas pega muy fuerte, particularmente el de Boca Chica. En ese ambiente turístico tan de moda hay tantos italianos emigrantes de tercera categoría, que es mejor olvidarse de ella: es una superficie agitada que no refleja nada. Y se trata para el bañista de alcanzar el máximo de atención, imposible sin un máximo de serenidad. En este sentido el yoga puede ayudar a mucha gente en esa playa. La tercera confesión que quiero expresar, como abuelo, es que los países y las personas mueren jóvenes, o bien su desarrollo se detiene cuando aún son jóvenes: todo lo que sigue a su breve período de vigor pertenece al campo de la supervivencia o de la resurrección.
  • España, por ejemplo jamás llegó a recuperarse de los dolores que sus aventuras imperiales le proporcionaron, ni del oro fácil del Nuevo Mundo, ni tampoco de la sangre que ella misma se infligió al expulsar de sus venas las últimas gotas de sangre judía o mora. Algo semejante está sucediendo con las iglesias americanas. Fíjate que estoy hablando de un país de extranjeros, de puros inmigrantes, construido sobre una base religiosa, y que ya es mi segunda patria. En New York aprendí que los católicos me ponían nervioso porque juegan sucio abusando del perdón que concede la eucaristía.
  • ¿No me diga?- ¿Y los protestantes, acaso no son peores? -
  • Son diferentes, no te niego que también me irritan con el manoseo de sus conciencias. Que si esto se puede, que si esto no se puede: en el fondo son algo fastidiosos...
  • Abuelo, imagino entonces cual será su opinión sobre los ateos -
  • Se explotó de la risa. Bueno, me aburren y me divierten también porque siempre hablan en contra de Dios. Todo el tiempo están en contra de Dios, no paran de hablar de lo mismo, hasta que se enferman de verdad: el miedo a la muerte los coloca en la órbita divina. Y agrega: debes entender que estas confesiones me privan de reposo: tal vez sea mi edad, mi incapacidad de limitarme, o mejor dicho, de concentrarme. Ya estoy muy viejo.
Cuando intento recapitular sobre los períodos de mi vida como hombre, caigo en la caricatura. Lo que me sale mejor es la descripción de mis absurdos cotidianos: pasé de campesino casi analfabeto de una isla del Caribe a un lector autodidacta y experto en horas extras en las factorías gringas. Observo, sumo las observaciones, las potencio y saco de ellas la raíz pero con un exponente distinto a aquel que había potenciado. Lo único que te puedo asegurar es que no me arrepiento de haber vivido estos últimos cuarenta y tantos años en la gran manzana. Aunque muy en el fondo, sigo siendo aquel campesino que salió del Cibao, sólo que el trabajo de las factorías y la edad me han cambiado; cualquiera comienza a divariar, cuando sabe que te quedan apenas cinco o diez años de vida, a menos que uno no esté muy bien preparado para la idea de la muerte, que sepa que hay que saber morirse y saber hacerlo con gracia.
  • No es a usted solo. A propósito, hace poco visité el campito de Sabana Iglesia y hablé con su hija, la tía María. Me maravilló cuando me preguntó si un animal podía tener fiesta: una vaca que rumia, un asno que se apoya sobre una valla, un perro que ladra, un gato que maúlla. Para ella la verdad no es un punto fijo, sino una línea ascendente, una imagen. La verdad de hoy, hecha de renuncias a las verdades de ayer abdica por anticipado a las verdades futuras. Cada una de ellas no es sino un camino para llegar más lejos. Lo que hoy le parece principal no será sino lo accesorio mañana. Ese modo místico de vivir no es más que una perpetua partida: todo pasa. El alma asiste, inmóvil al evento de las alegrías, de las tristezas y de las muertes de las que se compone la vida. Como ve, pensar en nada, en cosas extrañas, parece mal de familia -
  • Mi hija María tiene mucha razón. Se puede perfectamente pensar en nada: el tiempo es nada. Cuando estamos divertidos, el tiempo "pasa" rápidamente y, en cambio, "pasa" lentamente cuando nos aburrimos. Claro que se puede pensar en nada. Cuando regresaba de la factoría, me sentía completamente vacío, exhausto, inexpresivo: el tiempo se detenía, y ardía en deseos de tirar los zapatos y la ropa: de quedarme en lastre. ¡Era una sensación de completo vacío regresar exprimido como un limón y ponerme en ropa interior a ver televisión! No pensaba en nada, absolutamente en nada -
  • Abuelo, usted ha llegado a una edad en que, según su propia definición es un viejo simpático: tiene casa propia en New York y en Santo Domingo. No es carga para nadie, y se la pasa filosofando sobre el tiempo. Lo suyo es hablar del tiempo. ¡Fíjese que usted dice que ya no le gusta New York, la capital del mundo, sin embargo lo que hace o piensa es siempre con referencia a esa dichosa torre de Babel, pero tampoco se acepta bien en Santo Domingo! No obstante se pasa tres meses del año en su isla y en su campo. Vive amarrado a sus dos ambientes preferidos, sin capacidad de romper amarras. Si no fuera así, hace tiempo que ya hubiera regresado para siempre...
  • Puede ser. El tiempo ha cambiado. Me despierto. Tengo ante mí, detrás de mí, la noche eterna. He vivido ochocientas siete mil horas; en los próximos diez años dispondré de 87 mil horas extras. En este momento no tengo más que una hora. ¿Acaso la estropearía con explicaciones y máximas? Mejor me estiro al sol, apoyado en la almohada del placer, en una mañana de este trópico infinito que no volverá. Me conformo con mi tranquilidad de ser un viejo que no le pesa a nadie: de aquí para allá y de allá para acá. Mis hijos me quieren, dicen que soy terco, pero me quieren. Mis nietos también me quieren. Todo se explica porque "time its money", y yo tengo mi tiempo en el banco. Los que hablan del espacio es porque son muy jóvenes o son viejos que pesan, y no hay nada más trágico para un anciano que ser consciente de ello. Los viejos pesamos como una pluma o como una tonelada. Pesar tanto es mucho peor que ver telenovelas en New York, cansado como un burro, luego de pegar botones o vestir muñecos todo el santo día. Pero sigamos con la carta de mi hijo -
  • Excúseme abuelo, pero esa carta quedará para el regreso, se está haciendo tarde. Aprovechemos el domingo. Elija: nos espera la iglesia, el jardín botánico o los yaniqueques de Boca Chica. Lo único que le puedo decir, es que lo entiendo muy bien cuando dice que cada quién debe rascarse con su propio palo.
  • En eso estamos completamente de acuerdo. Mientras tanto, que te quede claro: tengo los años que me quedan de vida. Los otros ya los gasté. A diferencia tuya que tienes muchos años por delante, yo soy ahora un niño y tú un abuelo. Soy un abuelo sin tiempo, un niño.
  • Estamos en Navidad. "Tengo ante mí tres meses de prados frescos, de flores, de cosechas, de arena caliente en las playas, de cantos en las ramas, pero el movimiento del cielo ha preparado la brisa fresca de nuestro invierno, al igual que el pleno invierno prepara el caluroso verano. Sólo dentro de nosotros, y además sin esperarla demasiado ni creer demasiado en ella, es donde tenemos que buscar la estabilidad. En ninguna otra parte".

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