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Rafael Acosta.
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Rafael Acosta. (Foto: Fuente externa)

Falleció Rafael Acosta, héroe antitrujillista y padre ejemplar

Rafael Acosta, falleció en el atardecer de este jueves 10 de diciembre, el día de su cumpleaños. Sus restos serán velados el miércoles en horas de la tarde en la funeraria Blandino. Reproducimos un artículo que habíamos publicado en Diario Hispaniola que recrea su vida.
Rafael Acosta fue un hombre de coraje que tuvo el valor y la osadía de luchar por la libertad de los dominicanos en una de las épocas más difíciles que atravesó el país: la dictadura de Trujillo. Él es un héroe que por décadas prefirió el anonimato de su participación en uno de los grupos que apoyó el ajusticiamiento de Trujillo ante la sociedad dominicana, pues sus intereses iban más allá de su propio beneficio, sino más bien sobre el cuidado de su familia.

Su trayectoria
Nació en San Juan de la Maguana el 10 de diciembre de 1925 y creció disfrutando de las riquezas que el dinero no puede comprar: el amor de sus padres y la belleza de los ríos, campos aledaños y atardeceres de su pueblo.

Su talento sobresalió desde muy joven. En 1944 fue reconocido con el Premio Ateneo Dominicano por la excelente trayectoria académica desarrollada en el bachillerato. De ahí en más, cada paso recorrido dejó marcada de manera positiva la vida de quienes han estado a su lado.

Inició sus estudios universitarios en la Facultad de Medicina de la Universidad de Santo Domingo, pero le fue imposible compartir los estudios y el trabajo, algo que en aquel momento le resultaba imprescindible. Esta situación le llevó a optar por el título de Bachiller en Filosofía y Letras en la Escuela Normal de San Cristóbal, y a realizar estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, pues de esta forma podría tanto trabajar como estudiar.

Más tarde encontró su pasión en las ciencias jurídicas y para 1952 se licenció como Doctor en Derecho; carrera en la que se desenvolvió por más de 43 años con mucho éxito y que indirectamente le conectó con el mundo de la política. Y es que en las aulas de la Facultad de Derecho se unió en amistad con el Dr. Ángel Severo Cabral y el ejercicio de sus funciones judiciales le relacionaron con Manolo Tavárez Justo y Minerva Mirabal, Alfonso Moreno y su hermano Pilía, así como con Francisco Tapia Brea, personalidades que expusieron sus vidas por el bien del país.

Por amor a su familia

El enorme deseo de vivir bajo la libertad que sólo la democracia podía ofrecer, la injusta muerte de su hermano en manos de militares del régimen y sobretodo el anhelo de poner fin a la represión que durante años vivió junto a su familia por causa de la tiranía trujillista, le llevó a aceptar el reto de formar parte del equipo de la célula antitrujillista que encabezaba su amigo, el Dr. Ángel Severo Cabral.

Tras asumir la paternidad de sus cinco hijos: Fredesvinda Acosta Sabeta y Rafaelito, Raysa, Ruth y Ana Iris Acosta García, en principió se preocupó más por propiciar el acceso a los mejores centros educativos del país y del exterior para convertirlos grandes profesionales. Sin embargo, más tarde entendió que además de la educación, que veía como fundamental en la crianza de sus hijos, también era importante garantizar un futuro lejos del miedo que imponía la tiranía trujillista, que conocida como una las más sangrientas de Latinoamérica.

A partir de ahí vio necesario poner manos a la obra. Así es como sin miedo alguno y con el coraje que se requería para el “gran movimiento”, se reunía de manera clandestina junto a Severo Cabral, José Francisco Tapia Brea, Manuel Tapia Brea y William Pimentel para planear los detalles del plan que constaba de dos partes: primero matar a Trujillo y luego dar un golpe de Estado.

El papel jugado por Acosta en la célula a la que perteneció fue fundamental, pues su grupo sirvió de apoyo a quienes materializaron del hecho. Incluso fue el mismo Acosta quien acompañó a Severo Cabral para entregar a Antonio de la Maza los fusiles M-1 que el gobierno americano entregó a miembros del complot para dar muerte el tirano y tomar el poder político de la República Dominicana.

Su grupo tenía además la función de tomar la oficina desde donde se controlaba el trasmisor de Radiotelevisión Dominicana. El compromiso de Acosta era, precisamente, vigilar la difusión del manifiesto que explicaba el acontecimiento, pero esta parte del plan fue frustrada y tanto él como los demás integrantes tuvieron que esconderse ante la persecución que se armó en su contra.

Los días siguientes fueron catastróficos. Tuvo que vivir con el miedo de que él y su familia fueran perseguidos pero con la valentía que le caracteriza nunca se mostró arrepentido de sus actos, sino más bien orgulloso de aportar al mejoramiento de la historia política nacional.

Durante 53 años mantuvo en secreto su participación en la gesta del 30 de Mayo y se dedicó a su carrera profesional y su familia, tiempo en el que también desarrolló sus dotes de escritor redactando con regularidad artículos de todo tipo en El Caribe, desde críticas políticas, artículos sobre Derecho, crónicas de conciertos celebrados en el Teatro Nacional y hechos de la vida diaria.

No fue sino hasta el 2015 cuando decidió, motivado por su hija Raysa Acosta, contar la historia y develar los secretos que guardó por más de cinco décadas. Su testimonio fue tan importante que los principales medios de comunicación sirvieron de portavoz para enaltecer el trabajo del único sobreviviente de tan importante hecho. De igual manera, fue entrevistado por varios historiadores que desde aquel día incluyeron su nombre en los libros de historia dominicana.

A sus 91 años, con toda la lucidez, se define como “una persona común y corriente, con gran amor hacia la humanidad y con permanente empeño en hacer las cosas mejor cada día”. Sin embargo, sus allegados le definen como un hombre que aún con defectos pose virtudes dignas de resaltar. Se caracteriza por ser sumamente familiar.
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Su muerte
Rafael Antonio, vivió una vida placentera de la mano de su esposa Castalia, -Kathy - Zorrilla, compañera de recitales y conciertos y rodeado del cariño de sus hijos y sus nietos a quienes amò con pasión.

En la quietud de su hogar, atesoró sus recuerdos con amigos y familiares, sobretodo sus vivencias con sus queridos hermanos de otras madres y grandes amigos: Américo Rodríguez, Mon Acosta, Raúl y Orfelina, Oscar Hernández, Bienvenido Figuereo, fueron sus personajes inolvidables.

Deja este mundo sin lugar a dudas, no sólo es un personaje de importancia para la sociedad dominicana, sino una persona que sirvió de ejemplo para que esta y otras generaciones escojan defender la libertad y democracia del país siempre que resulte necesario. Descansa en Paz “Pilito”.
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