www.diariohispaniola.com
Alberto Morillas.
Ampliar
Alberto Morillas.

Opiniones de Marguerite Yourcenar

Alberto Morillas.
Ampliar
Alberto Morillas.
domingo 17 de diciembre de 2017, 22:39h
De repente descubrimos que “algunos temas se respiran en el aire de un tiempo; también están en la trama de una vida. No necesito decirte que éramos muy pobres. Hay algo patético en los apuros económicos de las viejas familias campesinas, que parecen continuar viviendo sólo por fidelidad. La pobreza, Dios mío, no tiene mucha importancia para un niño; tampoco la tenía para mi madre ni para mis hermanos, porque todo el mundo nos conocía y nadie nos creía más rico de lo que éramos. Aquellos ambientes tan cerrados de entonces tenían esas ventajas: consideraban menos lo que eras que lo que habías sido. El pasado, por poco que uno piense, es algo infinitamente más estable que el presente, por lo que parece de una consecuencia mucho mayor. No pienses que trato de ser efectista, sobre todo al final de una frase, pero podría decirse que en las viejas familias son los vivos los que parecen ser la sombra de los muertos. Terminamos incluso por acostumbrarnos a hablar solo en voz baja, como si temiéramos despertar recuerdos que deben dormir en paz. Pero tampoco éramos desgraciados y debo decir también que nunca oí llorar; sólo que éramos un poco tristes. Dependía de nuestro carácter más que de las circunstancias y todo el mundo, alrededor mío, admitía que se puede ser feliz sin dejar de estar triste.

De repente descubrimos “que todos somos distraídos porque tenemos nuestros sueños. Sólo la continua repetición de las cosas termina por impregnarnos de ellas. Mi infancia fue solitaria y silenciosa; me hizo tímido y por consiguiente taciturno. El ambiente estaba lleno de un silencio que parecía cada vez mayor y todo silencio está hecho de palabras que no se han dicho. Quizás por eso me hice escritor. Era necesario que alguien expresara aquel silencio, que le arrebatara toda la tristeza que contenía para hacerlo cantar. Era preciso servirse para ello, no de las palabras, siempre demasiado precisas para no ser crueles, sino simplemente de la música, porque la música no es indiscreta y cuando se lamenta no dice por qué. Se necesitaba de una música especial, lenta, llena de largas reticencias y sin embargo verídica, adherida al silencio, para acabar por meterse dentro de él. Esa música ha sido la mía. Ya vez que no soy más que un intérprete, me limito a traducir. Pero sólo traducimos nuestras emociones: siempre hablamos de nosotros mismos.

De repente descubrimos que “presiento que lo que estoy escribiendo se hace cada vez más confuso. Seguramente me bastaría, para hacerme comprender, con emplear unos términos precisos que ni siquiera son indecentes porque son científicos. Pero no los emplearé. No creas que les tengo miedo: no se debe tener miedo a las palabras, cuando se ha consentido en los hechos. La vida es más compleja que todas las definiciones posibles; toda imagen simplificada corre el riesgo de ser grosera. No creas tampoco que apruebo a los poetas por evitar los términos exactos, ya que solo saben hablar de sus sueños. Hay mucha verdad en el sueño de los poetas, pero no toda la vida está contenida en ellos. La vida es algo más que la poesía, algo más que la fisiología e incluso que la moral en la que he creído tanto tiempo. Es todo eso y mucho más: es la vida. Es nuestro único bien y nuestra única maldición. Vivimos. Cada uno de nosotros tiene su vida particular, única, marcada por todo el pasado sobre el que no tenemos ningún poder y que a su vez nos marca, por poco que sea, todo el porvenir.

De repente descubrimos que “hemos sido educados por mujeres. Yo era el hijo más pequeño de una familia numerosa; era de naturaleza enfermiza; mi madre y mis hermanas no eran muy felices: varias razones para que me quisieran mucho. Nuestra vida, tan austera, era fría en apariencia: teníamos miedo de mi padre, más tarde de mis hermanos mayores. Nada nos acerca tanto a otros seres como el tener miedo juntos.

De repente descubrimos que “la gente que habla de oídas se equivoca casi siempre, porque sólo ven lo de fuera y lo ven de una forma grosera. Echan la culpa a los malos ejemplos, al contagio moral y sólo retroceden ante la dificultad de explicarlos. No saben que la naturaleza es más diversa de lo que suponemos: no quieren saberlo porque les es más fácil indignarse que pensar. Elogian la pureza porque no saben cuánta turbiedad puede contener la pureza. Ignoran sobre todo el candor de la culpa.

De repente descubrimos que “los libros no contienen la vida, sólo contienen sus cenizas. No es verdad que los libros nos tienten, ni tampoco los acontecimientos, puesto que sólo lo hacen cuando nos llega la hora o el tiempo en que cualquier cosa hubiera sido para nosotros una tentación.

De repente descubrimos que “los largos meses que pasé en ese lugar me enseñaron a ver la vida, es decir, la vida de los demás. Entonces, como las ideas fijas sólo desaparecen cuando son reemplazadas por otras, vi crecer lentamente mi segunda obsesión: la tentación de la muerte. Las confidencias siempre son perniciosas cuando no tienen por objeto simplificar la vida del otro. Ya te he contado que me alojaba en una casa bastante miserable. Dios mío, no pretendía más. Pero lo que hace la pobreza tan dura no son las privaciones, es la promiscuidad. Me acostumbré. Se acostumbra uno fácilmente. Hay como un goce en saber que somos pobres, que estamos solos y que nadie piensa en nosotros. Nos simplifica la vida, pero es también una gran tentación. Volvía tarde, de noche, por los barrios casi desiertos a esas horas, tan cansado que no sentía el cansancio. La gente que encontraba en las calles durante el día me daba la impresión de tener una meta precisa, que se supone razonable, pero por la noche parece caminar en sueños. Los transeúntes me parecían, como yo, tener el aspecto vago de las figuras que a
veces vemos en sueños y no estaba seguro de que la vida no fuera una pesadilla inepta, agotadora, interminable. No hace falta que te diga lo aburridas que eran esas noches. Y así pasaron treinta años de labor.

De repente descubrimos que “tenía miedo de volver a mi habitación, de tenderme en la cama en donde estaba seguro que podría dormir. El placer era demasiado efímero, la música me elevaba un momento para dejarme más triste que antes, pero el sueño era una compensación. Estoy cansado de ser mediocre, sin porvenir y sin confianza en el porvenir, de este ser al que tengo forzosamente que llamar "yo" puesto que no puedo separarme de él. Me obsesiona con sus tristezas y sus penas; lo veo sufrir y ni siquiera soy capaz de consolarlo. Ciertamente soy mejor que él, puedo hablar de él como si se tratara de un extraño, pero no comprendo las razones que me hacen su prisionero. Y lo más terrible, quizás, es que los demás no conocerán de mí más que a ese personaje en lucha con la vida. Ni siquiera puedo desear su muerte, ya que cuando muera, moriré yo con él.

De repente descubrimos que no son nuestros vicios los que nos hacen sufrir, sólo sufrimos por no poder resignarnos a ellos. Conocí todos los sofismas de la pasión y también todos los sofismas de la conciencia. La gente figura que reprueban ciertos actos porque la moral se opone; en realidad, obedecen (tienen la suerte de obedecer) a repugnancias instintivas. Estaba impresionado, a pesar mío, por la extrema insignificancia de nuestras faltas más graves, por el poco lugar que ocuparían en nuestra vida si los remordimientos no prolongaran su duración. Nuestro cuerpo olvida, igual que nuestra alma; quizás sea esto lo que explique, en algunos de nosotros, la renovación de nuestra inocencia. Me esforzaba por olvidar, casi lo conseguía. Luego, aquella amnesia me horrorizaba. Mis recuerdos me parecían
incompletos, y me sometían a un suplicio cada vez mayor. Me arrojaba sobre ellos para revivirlos. Me desesperaba al notar que empalidecían. Sólo los tenía a ellos para compensarme del presente y del porvenir al que renunciaba. No me quedaba ya, después de haberme prohibido tantas cosas, el valor de prohibirme mi pasado. Vencí. A fuerza de recaídas miserables y de victorias aún más miserables, logré vivir durante todo un año como hubiera deseado vivir toda mi vida. No quiero exagerar mi mérito: tener mérito al abstenerme de cometer una falta es ya, de alguna manera, sentirse culpable. Conocí el peligro de las aguas estancadas. Parece como si actuar nos absolviera y fui un hombre de acción. Digamos, si lo prefieres, que es menos impuro debido a ese no sé que de mediocre que siempre tiene la realidad. Aquel año en que no cometí, te lo aseguro, ningún acto reprochable, estuvo enturbiado por más obsesiones que ningún otro y por obsesiones más bajas. Se hubiera dicho que aquella llaga, al cerrarse demasiado pronto, se me había abierto en el alma terminando por envenenarla. Me endurecí. Hasta entonces me había abstenido de juzgar a los demás. Si hubiera podido, habría terminado por ser tan implacable con ellos como conmigo. No perdonaba al prójimo ni la más pequeña transgresión; tenía miedo de que mi indulgencia para con los demás obligara a mi conciencia a excusar mis propias faltas. Temía el reblandecimiento que nos producen las sensaciones dulces: Llegué hasta a aborrecer la naturaleza a causa de la ternura que nos inspira la primavera. Evitaba cuanto podía la emoción que me producía la música: mis manos, posadas sobre las teclas, me intranquilizaban por recordarme las caricias. Tuve miedo de los encuentros mundanos imprevistos, del peligro de las caras humanas. Me quedé solo. Luego la soledad también me dio miedo. Nunca estamos completamente solos, por desgracia; siempre estamos con nosotros mismos.

De repente descubrimos que “no sé de ningún éxito que no se compre con una semi mentira; no sé de ningún auditorio que no nos obligue a omitir o a exagerar alguna cosa. A menudo he pensado que un alma verdaderamente hermosa no alcanzaría la gloria, porque no la desearía. Esa idea me desengaña de la gloria y del genio. Creo que el genio no es más que una elocuencia particular, un don ruidoso de expresarse.

De repente descubrimos que “la gente que va al teatro busca olvidarse de ella misma; los que van al concierto tratan más bien de encontrarse. Eran los supervivientes de un mundo más razonable que el nuestro, por ser precisamente más frívolo, menos preocupado. En vez de espejos, en su habitación tenía los retratos de otros tiempos. Decían que había inspirado vivas pasiones y también las había sentido; tuvo penas que no le duraron mucho tiempo. Supongo que le ocurría con sus pesares igual que con los trajes de noche; sólo se los ponía una vez, pero los guardaba todos, así que tenía armarios de recuerdos. La princesa tenía el alma de encajes.

De repente descubrimos que “la vida de la gente de mundo se limita, en superficie, a algunas ideas agradables o, por lo menos, decentes. Se sabe que existen realidades humillantes, pero se vive como si no hubiera que soportarlas. Creemos sin razón que la vida nos transforma: lo que hace es desgastarnos y lo que desgasta en nosotros son las cosas aprendidas. Yo no había cambiado, sólo que los acontecimientos se habían interpuesto entre mi y mi propia naturaleza. Era el mismo que había sido, quizás de una forma aún más profunda ya que, a medida que van cayendo una tras otra nuestras ilusiones y nuestras creencias, conocemos mejor nuestro "yo" verdadero. Ahí la fortuna no hace la felicidad, pero a menudo la permite.

De repente descubrimos que nosotros somos de una raza muy extraña en la que la locura y la melancolía alternan de siglo en siglo como los ojos negros y los ojos castaños. El alma humana es más lenta que nosotros; esto me hace admitir que podría ser más duradera. Siempre se queda un poco atrasada con respecto a nuestra vida presente. Así de tanto posponer las cosas nos habíamos acostumbrado a las prórrogas. Eran ellas tan naturales que consideramos siempre a la generación anterior como una etapa superada. Quizás por eso siempre hemos sido capaces de comprender, cuando lo que es más difícil es perdonar. Te pido perdón ahora, lo más humildemente posible, no por dejarte, sino por haberme quedado tanto tiempo.



¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios