El teatro musical, especialmente el de Broadway, ha evolucionado desde un modelo clásico que integra libreto, música y danza hacia nuevas formas como los megamusicales. Hoy se propone escuchar esta tradición en diálogo con el presente, valorando la complejidad y el impacto emocional de la música en la narrativa.
Iniciamos el año mirando a un género que atraviesa uno de sus momentos más fértiles: el teatro musical.
Hablar de “musical de Broadway” no es solo referirse a un género, sino a una mitología cultural. La expresión evoca luces, color, voces amplificadas, coreografías precisas y una promesa de evasión. Pero esa etiqueta, tan útil para la promoción, suele ocultar una realidad más compleja: no todos los grandes musicales nacieron en Broadway, ni todos responden a la misma tradición.
Entre finales de los años veinte y comienzos de los ochenta, Broadway desarrolló un modelo propio que se distingue claramente de la opereta o la revista. En ese periodo —de Show Boat a Merrily We Roll Along— el musical alcanzó una integración sofisticada entre libreto, música, personajes y coreografía. La partitura dejó de ser decorativa para convertirse en motor dramático. Las canciones construyen carácter, definen conflicto y sostienen la narración. El baile se vuelve específico, escrito para la música y los personajes. El musical empieza, verdaderamente, a contar historias.
De ese modelo surgen títulos que hoy forman un repertorio canónico: Kiss Me Kate, The King and I, My Fair Lady, West Side Story, Fiddler on the Roof, Cabaret, A Chorus Line o A Little Night Music. Obras concebidas dentro de un sistema profundamente colaborativo, donde compositores, libretistas, coreógrafos, directores y productores construyen el espectáculo a partir del diálogo y el conflicto creativo.
El Reino Unido adopta y transforma esa tradición, y en los años ochenta introduce un cambio decisivo. Con los llamados “megamusicales” —Cats, Les Misérables, The Phantom of the Opera— el equilibrio se desplaza: la música se vuelve casi continua, el espectáculo visual gana protagonismo y el relato, en ocasiones, se diluye. Es un nuevo modelo, más global y exportable, que transforma la manera de producir, financiar y consumir musicales en todo el mundo.
Broadway no desaparece: se reconfigura. Conviven en cartel el legado clásico, el musical-espectáculo, las producciones Disney y los llamados jukebox musicals, construidos a partir de repertorios ya conocidos. Cada uno responde a una lógica distinta, estética y comercial. No todos buscan lo mismo, ni hablan al mismo tipo de espectador.
Desde esta perspectiva, no tiene sentido intentar reproducir mecánicamente el “musical de Broadway”. Históricamente tuvo su momento, y hoy estamos en otro. Lo valioso es comprender qué hizo grande a esa tradición: la solidez del libreto, la centralidad de la música, la escritura para personajes concretos, la colaboración profunda entre disciplinas. Conocer ese modelo no implica copiarlo, sino adaptarlo creativamente a nuevos contextos y públicos.
Desde CLÁSICOS, proponemos escuchar el teatro musical desde ese lugar: no como un bloque homogéneo, sino como una forma de drama musical en constante transformación, heredera de la ópera, la zarzuela y el concierto teatralizado. Un género que, cuando funciona, logra lo más difícil: unir rigor musical, emoción y experiencia compartida.
Algunas escuchas para recorrer esta historia desde la música:
Obertura de West Side Story (Leonard Bernstein): síntesis magistral entre sinfonismo, teatro y ritmo urbano.
Canciones de My Fair Lady (Frederick Loewe): claridad formal y construcción psicológica a través de la melodía.
Fragmentos de A Little Night Music (Stephen Sondheim): refinamiento armónico y sofisticación dramática.
Escenas de Les Misérables (Claude-Michel Schönberg): el musical como relato épico colectivo.
Sweeney Todd (Stephen Sondheim): herencia de la tradición de Broadway llevada a un límite casi operístico.
Escuchar el musical con atención es descubrir un arte complejo, exigente y profundamente humano. Un teatro donde la música no acompaña: piensa, actúa y narra.
¿Qué entendemos hoy por teatro musical?
La palabra “musical” se usa con frecuencia como si designara un territorio homogéneo. Pero escuchar teatro musical hoy implica atravesar tradiciones, modelos y expectativas muy distintas. No es lo mismo un musical concebido desde el equilibrio entre texto y música que un espectáculo construido como experiencia visual continua; no responde a la misma lógica una partitura pensada para narrar psicológicamente que un repertorio ensamblado a partir de canciones ya conocidas.
Durante buena parte del siglo XX, el musical desarrollado en Broadway construyó un modelo en el que la música estaba al servicio del drama. Las canciones no interrumpían la acción: la impulsaban. Los personajes se definían a través de la escritura musical, y el tiempo escénico se organizaba desde la partitura. Ese modelo, profundamente colaborativo, permitió la aparición de obras que hoy se escuchan —y se reponen— como grandes clásicos.
Con el cambio de modelo que se impone desde los años ochenta, el centro de gravedad se desplaza. El espectáculo gana peso, la tecnología se vuelve protagonista y la música, en muchos casos, busca una continuidad casi operística o una eficacia inmediata. Surgen nuevas tipologías: el megamusical, el musical Disney, el jukebox musical. Cada una responde a una manera distinta de entender la relación entre música, escena y público.
Desde CLÁSICOS, proponemos una escucha que no oponga tradición y presente, sino que los ponga en diálogo. Conocer los modelos del pasado no significa imitarlos, sino entender qué los hizo perdurables: la claridad formal, la atención al texto, la escritura para personajes concretos, la confianza en la música como lenguaje narrativo.
En un tiempo marcado por la velocidad y el impacto inmediato, volver a escuchar el musical con atención es también un gesto de resistencia cultural. Escuchar cómo la música piensa, cómo articula una historia, cómo crea comunidad. Porque, al final, el teatro musical sigue siendo eso: un espacio compartido donde la música nos cuenta algo sobre nosotros mismos. H.A.A.