La investigación, publicada en Nature y Neuron, demuestra que el esfuerzo no solo precede a la recompensa, sino que la amplifica. Cuanto más difícil es obtener algo, mayor es la liberación de dopamina en el estriado, la región cerebral asociada con la motivación, el aprendizaje y la formación de hábitos. Este mecanismo explica por qué las personas —y también los animales— tienden a sobrevalorar aquello en lo que han invertido tiempo, dinero, energía o incluso sufrimiento: lo que en economía se conoce como “costes hundidos”.
Neir Eshel, profesor de psiquiatría y ciencias del comportamiento en Stanford, lo resume así:“Tomamos decisiones erróneas basadas en lo que hemos invertido, incluso cuando la probabilidad de obtener un beneficio es nula. Y no es exclusivo de los humanos: ocurre en todo el reino animal”.
Para comprender cómo funciona este proceso, los investigadores realizaron experimentos con ratones. Primero les ofrecieron recompensas sin esfuerzo; luego, aumentaron progresivamente el “coste” para obtenerlas: desde introducir repetidamente el hocico en una caja hasta asumir el riesgo de pequeñas descargas eléctricas. El resultado fue claro: cuanto mayor era el esfuerzo, mayor era la liberación de dopamina al recibir la recompensa, independientemente de su tamaño.
La clave, según el nuevo estudio, está en la acetilcolina. Esta sustancia regula cuánta dopamina se libera en función del esfuerzo previo, actuando como un “interruptor” que vincula trabajo y recompensa. Sin ella, el cerebro no podría ajustar el valor subjetivo de lo que obtenemos.
Desde una perspectiva evolutiva, este mecanismo tiene sentido. En entornos donde los recursos son escasos, solo quienes perseveran tras esfuerzos prolongados logran sobrevivir. La dopamina, al reforzar comportamientos previos, empuja a repetir acciones costosas que en el pasado resultaron beneficiosas. En otras palabras, el cerebro no solo celebra la recompensa: celebra el camino que costó alcanzarla.lc