Su presencia ha sido confirmada en zonas como el río Yuna, la presa de Hatillo en Sánchez Ramírez, el río Soco, el río Anamá en la región Este y la laguna Saladillo en Montecristi. A estos puntos se suma la Laguna del Rincón o de Cabral, uno de los ecosistemas de agua dulce más importantes del país, donde expertos advierten que las condiciones de baja profundidad y alta interacción humana favorecen la proliferación de la especie. Estos cuerpos de agua comparten características que facilitan su expansión: temperaturas cálidas, niveles variables de oxígeno y abundancia de nutrientes.
El pez diablo se distingue por su cuerpo cubierto de placas óseas y su boca en forma de ventosa, que le permite adherirse a superficies y sobrevivir en condiciones adversas. Su resistencia a aguas contaminadas y a bajos niveles de oxígeno le otorga una ventaja significativa frente a especies nativas. Entre los principales riesgos se encuentra la competencia por alimento y espacio, la alteración de los ecosistemas y la afectación de la reproducción de peces locales. Además, su hábito de excavar en las orillas contribuye a la erosión del suelo y al deterioro de infraestructuras cercanas.
En el ámbito económico, pescadores han reportado daños en redes y una reducción en la captura de especies comerciales, ya que el pez diablo suele quedar atrapado en artes de pesca no diseñadas para él. Su bajo valor comercial limita su aprovechamiento y agrava el impacto en la actividad pesquera. Aunque no representa un riesgo directo para la salud humana, su expansión sí compromete el equilibrio ecológico y las actividades productivas vinculadas al agua, convirtiéndolo en una de las especies invasoras más preocupantes del país.lc