El retorno de los animales, inicialmente previsto para febrero, fue adelantado de manera inesperada. Lo que debía ser un trámite rutinario se convirtió en un gesto político de China, interpretado como respuesta al endurecimiento de la postura japonesa sobre la seguridad regional y, en particular, a las recientes declaraciones de la primera ministra Sanae Takaichi sobre una posible intervención de Tokio en un eventual conflicto en Taiwán. Pekín decidió retirar a los pandas un mes antes de que expirara el contrato de préstamo, enviando un mensaje claro en medio de la creciente tensión bilateral.
Más allá de la diplomacia, la partida de Lei Lei y Xiao Xiao tuvo un fuerte impacto social. Miles de visitantes acudieron al zoológico en los últimos días para despedirse de los animales, considerados un puente emocional que ayudaba a suavizar la percepción pública sobre China. Para muchos japoneses, su ausencia representa la pérdida de un símbolo cultural, turístico y afectivo que acompañó a varias generaciones.
El traslado, supervisado por el Gobierno Metropolitano de Tokio y seguido de cerca por los medios, deja un vacío que refleja el momento actual del Indopacífico: una región donde la retórica militar y las tensiones geopolíticas están desplazando los gestos de cortesía cultural. Con la marcha de los gemelos, se cierra un capítulo de la llamada “diplomacia del panda” en Japón, y queda abierta la incógnita de si estos emblemáticos animales volverán algún día o si la distancia entre Tokio y Pekín se ha vuelto, como este traslado, definitiva.lc