Según especialistas en anatomía, el estómago no es una estructura rígida, sino un órgano diseñado para expandirse. Con los primeros bocados inicia la llamada “acomodación gástrica”, un proceso en el que los músculos se estiran para aumentar la capacidad. Además, los postres suelen ser suaves y de fácil digestión, lo que permite que el estómago se distienda un poco más sin generar la misma sensación de pesadez que un plato principal.
A esto se suma el papel del cerebro. Los alimentos dulces activan los circuitos de recompensa y placer, generando lo que se conoce como “hambre hedónica”: el deseo de comer no por necesidad, sino por disfrute. Tras una comida salada o abundante, la aparición de un sabor nuevo —como un pastel o un helado— reactiva el interés del cerebro gracias a la “saciedad sensorial específica”, un mecanismo que hace que un alimento distinto resulte nuevamente atractivo.
Los postres también pasan más rápido del estómago al intestino, lo que contribuye a la percepción de que “no llenan tanto”. Y, por si fuera poco, la señal hormonal de saciedad tarda entre 20 y 40 minutos en consolidarse, por lo que muchas decisiones sobre comer postre se toman antes de que el cuerpo registre plenamente que ya está satisfecho. A estos factores se suman elementos culturales: desde la infancia, el postre se asocia con celebración, recompensa y momentos especiales.
En conjunto, estos procesos explican por qué, incluso después de una comida copiosa, muchas personas encuentran espacio para algo dulce. No es un capricho: es una respuesta natural del cuerpo y del cerebro.lc