Aunque la Iglesia cristiana estableció el 25 de diciembre como la fecha oficial para conmemorar el nacimiento de Cristo, esta celebración comenzó a tomar forma en el siglo IV durante el papado de San Julio I en Roma. La fecha se eligió para coincidir con festivales ya existentes en torno al solsticio de invierno, buscando darles un enfoque cristiano y espiritual.
Para la teología cristiana, la Navidad no es solo una fecha en el calendario, sino el culmen de un plan divino que comenzó antes de la creación. Es la manifestación de la intención de Dios de habitar entre los hombres y compartir su vulnerabilidad humana para redimir a la humanidad. Este mensaje se ve reflejado en las antiguas profecías del Antiguo Testamento, como Isaías 7:14 y Miqueas 5:2, que anunciaban el nacimiento del Mesías en Belén.
Los evangelios de Mateo y Lucas no presentan el nacimiento de Jesús como un evento común, sino como la intervención directa de Dios en la historia humana. Los elementos clave del relato, como el anuncio del ángel Gabriel, el embarazo milagroso de María y el título de "Hijo del Altísimo", subrayan que la misión de Jesús no fue solo nacer, sino salvar y restaurar al mundo.
En palabras del apóstol Juan, "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1:14). Esta afirmación contiene tres verdades esenciales: Dios no envió a un mensajero, Él mismo vino; Jesús nació para revelar el carácter del Padre, no solo para existir; y el pesebre marca el inicio de un camino que culminará en la cruz y la resurrección, donde se muestra la victoria sobre el pecado y la muerte.
La encarnación, en la teología cristiana, representa la cercanía de Dios al ser humano, mostrando que la divinidad se hizo accesible a través de la humanidad de Jesús.
Más allá de su dimensión religiosa, la Navidad ha dejado una huella indeleble en la humanidad, influenciando valores fundamentales como la dignidad humana, la justicia, la compasión y el amor al prójimo. El nacimiento de Jesús no solo marcó un cambio en la historia, sino que también transformó las culturas y sistemas éticos a lo largo de los siglos, incluso entre aquellos que no profesan la fe cristiana.
El verdadero significado bíblico de la Navidad invita a reflexionar sobre tres verdades esenciales:
Dios se acercó al ser humano, no al revés.
La esperanza tiene un nombre: Jesús.
La salvación comenzó en un pesebre, pero se completó en la cruz y la resurrección.
Así, la Navidad no es solo una celebración cultural ni un momento sentimental; es una declaración eterna: un recordatorio de que Dios interviene en la historia para traer luz donde hay oscuridad, vida donde hay muerte y esperanza donde hay desesperación.lc