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Preguntar por el ambiente es legítimo; convertir toda discusión en ruido no ayuda al país

Vista aérea de una moderna planta de generación eléctrica en operación industrial.
Redacción Diario Hispaniola | Martes 26 de mayo de 2026
Es fundamental que la sociedad cuestione el impacto ambiental de una central termoeléctrica de 414 megavatios. Este debate refleja la preocupación ciudadana por el medio ambiente, y es necesario abordar las tensiones entre necesidades energéticas y compromisos de energía limpia con rigor, evitando ideologías sin un análisis técnico adecuado.

Que una sociedad haga preguntas sobre el impacto ambiental de una central termoeléctrica de 414 megavatios no es solo comprensible: es necesario.

Las preocupaciones ambientales frente a proyectos de infraestructura de este tamaño son una expresión de una ciudadanía que toma en serio el ambiente en que vive. Ignorarlas o desestimar a quienes las plantean sería un error. La pregunta válida es otra: ¿en qué basamos la discusión?

La República Dominicana enfrenta, como toda economía en crecimiento, la tensión entre necesidades energéticas inmediatas y compromisos de transición hacia fuentes más limpias. Como han señalado medios digitales al documentar el debate sobre las metas de energía renovable, esa tensión es real y el país no ha llegado a todas sus metas en materia renovable. Esa realidad merece discutirse con rigor.

Lo que no ayuda es usar cualquier proyecto energético como campo de batalla ideológica sin examinar su perfil técnico específico.

Lo que la evidencia técnica establece sobre este proyecto

Manzanillo Power Land opera con gas natural licuado en ciclo combinado. Eso tiene implicaciones ambientales concretas y verificables. El gas natural genera entre un 40% y un 50% menos de emisiones de CO₂ por megavatio hora producido que el carbón, y aproximadamente un 30% menos que el fuel oil. La tecnología de ciclo combinado extrae más electricidad del mismo volumen de combustible —con eficiencia superior al 60%— lo que reduce adicionalmente la intensidad de emisiones por unidad generada. No son argumentos de parte: son datos de ingeniería verificables en cualquier manual de la industria.

El proyecto obtuvo su concesión pública de la Comisión Nacional de Energía en diciembre de 2021 y requirió licencia ambiental del Ministerio de Medio Ambiente antes de iniciar operaciones. Ambos procesos son públicos, auditables y no son trámites formales: son evaluaciones que, si no se completan satisfactoriamente, bloquean el proyecto. El hecho de que Manzanillo Power Land llegó a la inauguración oficial en marzo de 2026 es la evidencia más directa de que cumplió esos requisitos.

Hay un tercer nivel de validación que pocas veces se menciona en el debate público: la banca internacional. De las once entidades financieras que participaron en el financiamiento del proyecto, nueve tienen origen en mercados con estándares regulatorios estrictos en materia de ESG —medioambiente, social y gobernanza—. Los bancos internacionales que adoptan los Principios del Ecuador, como es el estándar en este tipo de financiamiento, realizan evaluaciones ambientales independientes antes de comprometer capital. No aprueban proyectos con perfil ambiental inacceptable porque su propio cumplimiento regulatorio se vería afectado. El financiamiento obtenido es, también, una validación ambiental.

La distinción que importa

Existen tres tipos de actores en cualquier debate ambiental sobre infraestructura. El primero es el ciudadano o la organización que pregunta de buena fe porque quiere entender el impacto real del proyecto. Ese actor merece respuestas técnicas claras, acceso a los documentos públicos y apertura al diálogo.

El segundo es el analista, el académico o el periodista que examina la evidencia disponible, la contrasta con estándares internacionales y construye una posición informada. Ese actor enriquece la conversación pública, incluso cuando sus conclusiones son críticas.

El tercero es quien utiliza el lenguaje ambiental no como instrumento de análisis sino como herramienta de presión política o desinformación, reproduciendo afirmaciones que no están respaldadas por evidencia técnica, amplificando el ruido en lugar de clarificar el debate. Identificar ese tercer tipo no significa descalificar el primer tipo. Significa exactamente lo contrario: proteger la legitimidad de las preguntas ambientales genuinas frente a su uso oportunista.

La República Dominicana tiene compromisos ambientales serios —con sus propios ciudadanos y con la comunidad internacional— que requieren una discusión de calidad sobre energía y medio ambiente. El avance hacia las finanzas sostenibles y los bonos verdes que documenta la prensa digital refleja que el país está construyendo marcos más sofisticados para evaluar proyectos con criterios ambientales verificables. Ese es el camino.

Preguntar por el ambiente es legítimo y necesario. Hacerlo con evidencia, en lugar de con ruido, es lo que convierte esa pregunta en un aporte real al país.

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