Opinión

Sara, la niña que Dios mandó a la tierra

Niña observa un atardecer dorado en un parque, rodeada de flores y adultos que conversan y ríen. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI).
Mario Antonio Lara Valdez | Martes 07 de abril de 2026
La historia de Sara, una niña testigo del poder divino, refleja la conexión única con Dios y el amor familiar. Su presencia inspira a ser un padrino responsable y presente. Este relato es un llamado a valorar las relaciones y a sembrar esperanza y fe en la vida de los niños.

Algunas veces vivimos experiencias que no podemos explicar, ni sabemos dónde buscar respuestas, ni a quién preguntar sobre su llegada o su misión en nuestra vida.

Esta es la historia de Sara, la niña que Dios colocó en la tierra como testigo de su poder y de su capacidad de hacer milagros. Su presencia es simple y, a la vez, profundamente compleja de describir.

Desde que llegó a nuestras vidas dejó huellas imborrables, como la certeza de que el creador habita en cada ser humano. Es el momento indicado para hablar de ella, protagonista de una historia marcada por la mano milagrosa de Dios.

En este proceso, recuerdo la película Milagro de Dios, que recomiendo porque refleja vivencias semejantes: el poder divino manifestado en Senabri, madre, amiga y comadre, quien supo aceptar el trato con nuestro creador y convertirse en testimonio de su misericordia.

Conocer a Sara no fue casualidad. Fue una conexión única, inexplicable para cualquiera, salvo para Dios. Ella aceleró nuestros corazones y desató un amor paternal que me llevó a incluirla siempre en mis oraciones, acompañando su evolución y procurando verla sonreír.

Ser padrino es una responsabilidad que no admite medias tintas. No se puede ser padre o madre a la mitad; se es a tiempo completo y con calidad. En mi memoria guardo conversaciones con mi amiga Yanet, visitas a ese lugar donde descansaremos todos bajo la tierra, y celebraciones como su cumpleaños, cuando su madre hablaba con orgullo de su princesa hermosa y de Sebastián, su hijo, a quien ama con locura.

También recuerdo el cariño de sus abuelos, tíos, primos y familiares, quienes desde su nacimiento han desbordado atención y amor en cada detalle de su vida cotidiana.

Sara pertenece a una familia dominicana de esas que ya casi no se ven, numerosa y comprometida con sembrar valores, esperanza y fe. Ser padres es un proceso difícil, pero nunca imposible, porque cada hijo tiene necesidades distintas: afectivas, emocionales y mentales.

Este escrito es también una autocrítica. Los padrinos debemos estar más presentes, y hoy es momento de conectar, aunque sea con lágrimas. Es tiempo de sacar el pañuelo con nuestro nombre y apellido, y comenzar a escribir con firmeza: Estoy siempre contigo, querida Sara.

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