Los análisis genéticos muestran que la mayoría de las víctimas no estaban emparentadas entre sí, ni siquiera a nivel de tatarabuelos, lo que descarta que se tratara de un grupo familiar o de una comunidad local. Entre los fallecidos había 40 niños de entre uno y doce años, 11 adolescentes y 24 adultos, de los cuales el 87 % eran mujeres. Los cuerpos presentaban signos de muertes violentas, como golpes y heridas punzantes.
Uno de los aspectos más llamativos es que, pese a la brutalidad del ataque, los responsables realizaron después una ceremonia funeraria deliberada: las víctimas fueron enterradas con pertenencias como joyas de bronce y cerámicas, junto a restos de animales sacrificados y objetos simbólicos. Para los investigadores, este ritual indica que no se trató de un entierro apresurado, sino de un acto planificado con un fuerte componente simbólico.
El equipo científico sugiere que la matanza ocurrió en un periodo de tensiones crecientes en la cuenca de los Cárpatos, cuando distintas comunidades competían por el control de tierras y recursos tras el colapso de la Edad del Bronce. La construcción de nuevas fortalezas y la reocupación de antiguos asentamientos pudo desencadenar conflictos con grupos rivales o con poblaciones nómadas. Según los autores, este episodio refleja un momento de violencia extrema utilizado posiblemente para enviar un mensaje de dominio territorial.lc