Ahí es donde muchos se confunden, creyendo que el amor se terminó, cuando en realidad el amor está siendo probado.
Amar no es vivir permanentemente enamorados, es elegirse incluso cuando no es fácil, cuando no hay aplausos, cuando el silencio pesa y cuando las expectativas chocan con la realidad.
En la vida real, amar es valorar al otro desde sus capacidades y habilidades, respetar sus límites, reconocer sus esfuerzos y no reducir a la persona a sus errores. Es entender que ambos están en proceso y que nadie puede dar lo que no ha sanado.
El amor maduro deja de ser romántico y se vuelve consciente. Se expresa en el respeto, en la comunicación honesta, en la paciencia, en el apoyo mutuo y en el cuidado diario del corazón del otro.
Porque al final, las palabras pueden ser bonitas, pero no sostienen una relación por sí solas.
Amar es cuidar, lo demás son palabras.
Una pareja que comprende esta verdad deja de exigir perfección y comienza a construir desde la realidad, caminando juntos, valorándose y apoyándose, aun cuando el camino no siempre se sienta ligero.
Amar es permanecer, crecer y proteger lo que se ha decidido formar.