Entre ambos extremos surge una visión intermedia: la caída de Maduro rompe el equilibrio que sostenía al chavismo y podría habilitar una transición lenta, llena de tensiones y sin garantías de que la oposición llegue al poder en el corto plazo. El escenario, además, no depende solo de la dinámica interna del chavismo, sino también de la agenda de Washington bajo el gobierno de Donald Trump.
Con la intervención directa de Estados Unidos y la salida de Maduro, la posibilidad de un giro político parece más cercana. Pero la pregunta central sigue abierta: ¿hacia dónde se moverá el país? ¿Hacia elecciones libres y el retorno de migrantes? ¿Hacia una apertura económica sin cambios democráticos? ¿O hacia un modelo más represivo bajo tutela estadounidense?
En los últimos días, el gobierno ha dado señales contradictorias. La liberación de algunos presos políticos fue presentada por Jorge Rodríguez como un gesto de “convivencia pacífica”. Delcy Rodríguez, ahora presidenta encargada, anunció que ya ingresan recursos provenientes del petróleo vendido a Estados Unidos y sostuvo una reunión con el director de la CIA, aunque sin detalles públicos.
Algo se está moviendo. El cambio, al menos en su dimensión económica, ya comenzó. La duda es si ese movimiento se traducirá en una transformación política real, que es lo que la mayoría de los venezolanos espera.
El sociólogo David Smilde, estudioso de Venezuela desde hace décadas, cree que hay pasos concretos que podrían orientar al país hacia la democracia: consolidar la liberación de presos políticos, levantar bloqueos a medios y proveedores de internet, y avanzar en reformas electorales y judiciales. Sin embargo, teme que el gobierno haga solo lo mínimo: liberar algunos detenidos mientras mantiene la presión sobre periodistas y activistas.
Para Smilde, la transición que realmente está en marcha es económica, orientada a reabrir vínculos con Estados Unidos y a sobrevivir políticamente durante el periodo de Trump. Su visión es cauta: no ve señales de que Washington busque una transformación democrática profunda.
La politóloga Catalina Smulovitz es aún más escéptica. Sostiene que ninguna transición es viable sin un actor opositor fuerte dentro del país capaz de negociar con el viejo régimen. Hasta ahora, dice, la oposición venezolana —incluidas sus disidencias internas— no ha tenido un rol determinante en las conversaciones entre Caracas y Washington.
Smulovitz recuerda que en todas las transiciones exitosas hubo actores opositores con capacidad de presión: en España, en Argentina tras Malvinas, en Chile, Uruguay y Brasil. En Venezuela, afirma, ese actor todavía no existe. Por eso, advierte, la salida de Maduro no garantiza por sí sola un cambio político.
Lo cierto es que, los venezolanos viven momentos donde la esperanza y las dudas siguen siendo los grandes protagonistas, todo parece indicar que va cambiando la situación pero no convence que sea bajo una gobernante aliada del proceso revolucionario.